Dentro del escenario de la guerra de EU e Israel contra Irán existe un enorme hueco informativo instalado aun antes del inicio de las hostilidades. Se trata del silenciamiento de la inmensa mayoría de la población iraní impuesto por medio del terror y la brutal represión ejercida por el régimen de los ayatolas. Desde que a principios de este año millones salieron valientemente a protestar en contra de las condiciones de vida que la teocracia iraní ha impuesto a sus ciudadanos en función de sus obsesiones político-religiosas, los servicios de internet fueron cortados de tajo con objeto de desarticular la comunicación entre los manifestantes descontentos y evitar también que voces, imágenes y mensajes sobre lo que estaba sucediendo se filtraran hacia el exterior. Obviamente no era una buena propaganda para el régimen la difusión de escenas donde las milicias Basij y el Cuerpo de Guardias Revolucionarios masacraban por decenas de miles a sus compatriotas ni tampoco que fueran del conocimiento público internacional las escenas de las golpizas callejeras y los ahorcamientos públicos de disidentes tras juicios sumarios. Sin embargo, la poca información que logró transmitirse fue suficiente para confirmar la naturaleza fanática y asesina del régimen.
El ostracismo en el que desde esos momentos quedó sumida la ciudadanía iraní cobró dimensiones aún más graves a partir del inicio del ataque conjunto estadunidense-israelí. Creció todavía más la voluntad de los jerarcas de ocultarle al mundo lo que pasa en la vida cotidiana de su gente, excepto por las imágenes de apoyo del segmento de la población afín al régimen, esas sí ampliamente difundidas para mostrar una falsa realidad. Porque se estima que de los 93 millones de habitantes en Irán, al menos tres cuartas partes de ellos anhelan desesperadamente un cambio de régimen, pero la dureza de la represión los ha convertido en seres invisibles y mudos, imposibilitados por el terror y la violencia brutal de los autócratas de hacerse ver y oír más allá de las fronteras de su país. Las redes sociales, tan útiles en tantos casos para denunciar tiranías y abusos, han quedado fuera del alcance de la nutrida disidencia iraní, cuya voz ha desaparecido del todo.
El ostracismo en que se halla la población iraní por imposición de su gobierno incluye también la imposibilidad de recibir información fidedigna no sólo de lo que pasa en la arena internacional en general, sino incluso de lo que va sucediendo en el escenario de la guerra, dentro de la cual ellos, los simples ciudadanos, son tratados como peones manipulables a los cuales se les ha despojado de la facultad de ser vistos, de ser escuchados, pero también de ver. A ellos se les cuenta la versión de los hechos que conviene a los intereses del régimen. Su situación equivale a haberse convertido, por obra de un poder tiránico que los rebasa, en seres invisibles, sordos, mudos y ciegos, como si colectivamente –aunque parezca contradictorio– esa enorme cantidad de personas estén viviendo en una condición de confinamiento solitario, ya que no les queda más que especular acerca de lo que está pasando a su alrededor mediante migajas de información que les van llegando por obra del azar.
Las organizaciones internacionales de defensa de los derechos humanos no parecen estar contemplando con la suficiente atención esa condición de secuestro colectivo que sufre la ciudadanía iraní desde hace cuatro meses. De hecho, los ojos de la opinión pública mundial están puestos prioritariamente en el estrangulamiento del estrecho de Ormuz y sus consecuencias en los mercados petroleros, en los exabruptos de Trump, en las oscilaciones entre ceses al fuego y regreso a las hostilidades y en quién, de entre los liderazgos internacionales dijo qué y cuándo. La población civil iraní que con tanta valentía salió en enero a las calles a protestar contra la tiranía y fue reprimida con tanto salvajismo, hoy vive su hora más negra. Más indefensa que nunca, invisible, sorda, muda y ciega.
