Soltar para hacerlo llegar

Me gusta abrir los ojos y estar viva. Lo asumo, es mi responsabilidad sonreír y ser feliz; aunque a veces me quiebro, me dejo sentir, lloro y me entristezco, es un estado natural que nos cuesta asumir, sentir lo que sentimos, valga la redundancia, nos asusta, pero puede ...

Me gusta abrir los ojos y estar viva. Lo asumo, es mi responsabilidad sonreír y ser feliz; aunque a veces me quiebro, me dejo sentir, lloro y me entristezco, es un estado natural que nos cuesta asumir, sentir lo que sentimos, valga la redundancia, nos asusta, pero puede ser tan bello y sanador.

Soy una mujer de 43 años que tiene una historia de vida, quizá común y corriente, según, aunque depende del punto de vista de donde se vea.

Vengo de una familia de clase media. Nuestros padres son personas que han tenido una historia con altas y bajas, pero digamos que aprendieron a surfear y andar sobre las olas. Somos cuatro hermanos que tenemos una vida digna, así que creo que lo hicieron muy bien, con sus recursos y para la época, sin duda hicieron lo pertinente.

Detecto que aunque mis padres hicieron todo su esfuerzo, probablemente mi entorno social me llevó a crecer creyendo que el tener me hacía y que el necesitar era la forma de vida.

De pequeña tuve grandes colecciones de zapatos, muñecas, stickers, y ya más grande me encantaba la ropa, de hecho, me dediqué al mundo de la moda un tiempo.

Crecí repitiendo patrones establecidos que me hacían sentir, según yo segura, hasta que llegué a vivir sola a una ciudad del norte. Todo era necesario para poder encajar, vestirte así, hablar asá, pensar como tal, ser como cual... me sentí arrinconada, abrumada, y fue ahí donde tiré la toalla y comenzó mi transformación.

Era mucho esfuerzo e inversión para sentirme finalmente vacía, triste y rechazada, así que busqué a toda costa durante un tiempo ser “diferente” para hacerme respetar.

A lo largo de mi vida he intentado encajar para poder ser aceptada socialmente, y cuando medianamente lo había logrado, el divorcio me demostró que venía otra vez, el dolor de cabeza de volver a ser una rechazada social.

En el divorcio todo se perdió, mi familia, mi casa y todas las ilusiones que ahí habían nacido, mi esposo, en fin, todo lo importante, y me vi sola contra el mundo y con un hijo. ¿Y por qué contra el mundo?, no  lo sé, así lo sentí, el drama lo llevamos implícito los mexicanos, ja, pero la vida en realidad es mucho más suave de lo que parece, ya lo voy entendiendo. Ahora creo que fueron mucho más ganancias que pérdidas.

Decidí empezar de cero y soltar. Soltar todo lo que me hacía pesada y me estancaba, ideas, pensamientos, personas, cosas. Confieso que fueron muchos años de trabajo emocional, de entregarme a observar lo que iba sintiendo y asumirlo. Hoy me siento más tranquila, ligera y feliz.

Y aunque mi debilidad siguen siendo los zapatos, ahora mi gustos se han transformado, hoy colecciono amigos, experiencias, momentos, hoy ya no soy aquella que en un viaje tenía que llenarse de cosas, hoy los viajes me llenan de vivencias que se guardan en ese baúl infinito llamado corazón.

Hoy siento que pertenezco a donde tengo que, se fueron las ganas de jugar ese juego del pertenecer y encajar. Con eso llegaron las ganas de seguir viviendo sólo entendiendo que el estar aquí, en este momento, es lo importante.

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