Sorpresa en el traspatio
Me paré frente a la puerta y no parecía estar en el lugar correcto, estaba buscando el famoso restaurante El Traspatio, amigos y conocidos me habían hablado de lo maravilloso del lugar, pero las recomendaciones de entrada no coincidían con lo que yo estaba viendo. Un ...
Me paré frente a la puerta y no parecía estar en el lugar correcto, estaba buscando el famoso restaurante El Traspatio, amigos y conocidos me habían hablado de lo maravilloso del lugar, pero las recomendaciones de entrada no coincidían con lo que yo estaba viendo.
Un lugar modesto, pequeño, en medio del pueblo de El cercado, Nuevo León, a 25 minutos de la ciudad, en fin, me envalentoné y toqué lo que parecía el timbre, esperé un rato y como no obtuve respuesta, cautelosamente jalé la puerta de malla y luego empujé la puerta y asomé la cabeza, mi sorpresa fue muy grata, el lugar era muy lindo, acogedor y con un toque de hogar que me animó a entrar. En ese momento apareció Wences, un hombre muy amable y con una sonrisa enorme, quien me invitó a entrar.
En primera instancia nos encontramos con la cocina, ésta era una cocina honesta, abierta y modesta, llena de caras alegres que me dieron la bienvenida; Polo, el chef, y sus colaboradores estaban concentrados, pero pendientes de los comensales que llegaban tirando saludos y bienvenidas a su paso. Y al fondo había un precioso jardín lleno de colores y detalles que vestían el espacio de las mesas, un par de árboles frondosos y bondadosos, y eso apenas era el principio.
Wences me invitó a escoger mi lugar y, por supuesto, me puse cerca el árbol. Me platicó sobre sus formas de trabajar y la oferta que tenían pensada para su gente, un lugar que te invitaba a reflexionar sobre el alimento, agradecerlo, fomentando el vínculo familiar. Se trataba de disfrutar de lo que ellos llaman el ritual del buen comer. Este espacio es libre de pantallas y tecnología, una música ligera y de buen gusto acompaña el lugar con los sonidos de la naturaleza y del lugar propio.
Estar en este lugar me estaba haciendo sentir feliz de estar fuera de la voragine de la ciudad.
“No hay carta”, me dijo Wences, “te puedo platicar nuestros platillos, trabajamos con lo que hay de temporada y buscamos tener en el menú ofertas atractivas para nuestros clientes, con sabores que pueden llevarte a la cocina de la abuela o de tu mamá”.
Entonces, pedí la especialidad, la ensalada de la casa y una pasta. Mientras el tiempo transcurría, me sentía cada vez más tranquila en ese lugar y me puse a pensar en lo que ahora se han convertido los lugares donde vamos a reunirnos y compartir en familia, lugares que nos ofrecen llegar a desconectarnos de nuestra familia y seguir en el mood del aturdimiento. Y recordé la última vez que en mi visita a la Ciudad de México, en uno de los restaurantes de moda en la Condesa, donde el trato fue horrible, el ambiente terrible, había más pantallas que meseros, fue una experiencia realmente desagradable que me hacía sentir que quería salir corriendo y que mi comida no se iba a digerir de tanto ruido. No dejé ni que llegara la comida cuando decidí que era mejor irme. En cambio acá, aunque me emocionaba el probar las delicias que me habían ofrecido, también me empezó a invadir una paz que deseaba que pudiera alargarse. Rodeada de familias departiendo, olores que llegaban a mí, incitándome a prepararme para mi ritual y mucha tranquilidad. Libre del reloj y de pantallas de televisión.
Wences me trajo a la mesa mis platos, porciones justas y necesarias, así como sabores deliciosos que me hicieron sentir como en casa de mi madre.
Al final de mi visita, le agradecí el momento tan integral que se me ofreció fuera de las prisas, corre corre al que vivimos acostumbrados.
Dejarme sorprender y apapachar fue la mejor parte, y mi reflexión a esta experiencia fue: “Somos seres integrales y cuando se crean espacios pensados desde esa perspectiva, se sienten, nutren y se agradecen”.
