Cómo hemos cambiado

“Todavía recuerdo cuando de niño mi mamá me decía: ‘ve a la tienda y pregunta a la señora si ya puso la gallina y, si es así, tráete cinco huevos y lo que sobre lo puedes gastar tú’. Ése era mi momento, pensaba en la deliciosa cocada que me compraría y que ...

“Todavía recuerdo cuando de niño mi mamá me decía: ‘ve a la tienda y pregunta a la señora si ya puso la gallina y, si es así, tráete cinco huevos y lo que sobre lo puedes gastar tú’. Ése era mi momento, pensaba en la deliciosa cocada que me compraría y que endulzaba mi vida, era mi favorita, la hacía la hija de doña Concha y a mí me enloquecía el sólo pensar cómo sus manos habrían preparado delicadamente este manjar”. Esto me lo contaba con nostalgia don Juvencio, un señor que conocí en la playa.

Él creció y vivió muchos años en una comunidad muy pequeña de Guerrero. Ahora vende aceite de coco en la playa junto con sus hijos y nietos, pero la nostalgia de este compartir me hizo sentir que necesitaba conversar más con él.

“Oiga”, le dije mientras él contemplaba el mar y acomodaba sus aceites, “¿y trabaja todo el día con su familia? ¿Qué es lo que comen en un día normal de trabajo?” Y él me respondió: “mire seño, desde que sale el sol estamos aquí al pie de las olas, y se come lo que se atraviesa”, haciendo un gesto con boca apretada. “Aunque yo vivo del coco y el mango, comerlos para nosotros ya es un lujo y, además, éstos —señalando a los pequeños nietos que ofrecían aceite a los turistas— sólo quieren galletas, papas y refrescos, y el más pequeño, mírelo, ya ni dientes tiene, y eso que tiene sólo seis años”.

Noté una preocupación y como algo de resignación, supongo que sabe que ir contra el monstruo de lo procesado no está fácil y quizá la resignación sea su remedio.

Este mundo se encuentra en constante cambio, incluyendo la alimentación. Seguro que a mis bisabuelos no les tocó conocer la gama de alimentos procesados que ahora comemos. Para mí es la suma de muchas cosas entre la rapidez con la que estamos decidiendo vivir para, se supone, tener más y, al final, entre más tenemos, más vacíos nos sentimos y menos corazón ponemos a lo que realmente importa.

La ingesta de un mexicano promedio tiene mayormente alimentos llamados fastfood y rara vez alimentos vivos, ahí el meollo del asunto que nos compete a todos.

Y aunque lo sabemos, pero somos la especie que tiene la habilidad de engañarse a sí misma, y pese a que vemos como natural la obesidad en nuestras familias, tenemos el problema y no actuamos. Hace una semana estuve en una sala de espera antes de una entrevista que realicé para la radio y de nueve personas sentadas ahí, ocho eran obesas. Mi capacidad de sorprenderme no se pierde y se pone más alerta.  ¿Cómo llegamos aquí?

La problemática es severa porque la gente no se siente ni cómoda emocionalmente ni físicamente, pero seguimos en este círculo vicioso y ¿cómo podemos cortarlo?

Esta situación ha sido creada por varios factores, pero primero se lo atribuyo a la desconexión con la tierra y con lo que realmente importa, estamos criando generaciones de personas que tienen sus prioridades en otra cosa, estamos viviendo en el futuro o en el pasado, la tecnología, que no la satanizo, pero el uso sin responsabilidad está haciendo de nosotros una extensión de la misma tecnología, estamos como robotizados e idiotizados y cedemos nuestro derecho de consumidor a la mercadotecnia.

Tomar la responsabilidad de #educar a tu familia y no delegarla es el primer escalón, pero necesitamos redefinir nuestras prioridades. Recuerda que nuestros hijos aprenden por imitación y nosotros somos su ejemplo más cercano. #Cocinar es una de las soluciones que yo veo como algo que debemos de enseñar a todo ser humano. Empieza por ti, tú eres el reflejo de los tuyos.

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