El negocio de la insatisfacción

Crystal Mendivil

Crystal Mendivil

Romper el techo de cristal

La violencia contra las mujeres también puede esconderse detrás de filtros fotográficos y promociones para alcanzar, por fin, el cuerpo o el rostro “ideal”.

Los estándares de belleza dejaron de ser aspiraciones lejanas de revistas y televisión para convertirse en una presión permanente que llevamos en el bolsillo. Abrimos redes sociales y aparecen figuras perfectas con cinturas breves, pieles sin textura, rostros simétricos, vidas aparentemente impecables, envidiables. Nos comparamos constantemente.

Las mujeres aprendemos de eso demasiado pronto. Nos bombardean desde la infancia con señalamientos sobre nuestro físico: “Qué flaca, seguro no come bien”, “no tiene los ojos claros, como el resto de la familia”. Opiniones aparentemente inofensivas que acumulamos de manera inconsciente. 

Hoy en día la presión llega bajo la lógica: mientras más “perfecta” luces, más validación recibes. Y ahí es donde esta conversación deja de ser superficial. Porque detrás de esa obsesión colectiva por corregir o transformar el cuerpo femenino hay una industria enorme creciendo alrededor de nuestras inseguridades. Una industria que lucra con la desesperación y con la baja autoestima.

Dos historias recientes lo demuestran. La primera ocurrió en Colombia. Yulixa Toloza, desapareció después de someterse a una cirugía estética en Bogotá. Días más tarde encontraron su cuerpo abandonado a un costado de una carretera. La investigación reveló que el sitio operaba legalmente como peluquería y quien habría realizado la cirugía era un barbero que se hacía pasar por cirujano plástico.

Parecía una historia lejana. Hasta que ocurrió algo muy parecido en México.

Blanca Adriana Vázquez Montiel acudió a una clínica en Puebla para pedir información sobre un procedimiento para retirar grasa abdominal. La convencieron con promociones e insistencia. Mientras su esposo salió a comprar medicamentos y una faja, ella desapareció. Luego vimos las imágenes: personas sacando a una mujer inconsciente de la clínica. Después, un cuerpo localizado en Tlaxcala. Otra mujer muerta. Otra familia devastada.

SIN LICENCIA

Estos lugares operan a plena vista de todos porque existe una regulación insuficiente, una vigilancia deficiente y un mercado que crece rapidísimo. Actualmente, en México se calcula que por cada cirujano plástico certificado existen hasta 20 personas ofreciendo procedimientos estéticos sin preparación médica ni credenciales reales. 

La propia Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios ha alertado sobre cursos apócrifos y falsas “especialidades” en cirugía estética. 

En los últimos diez años, al menos 121 personas murieron después de someterse a este tipo de procedimientos. Las fiscalías únicamente documentaron 66% de los casos y sólo 58% se investigó como homicidio. Los demás quedaron invisibilizados en los registros oficiales, ocultando así la verdadera magnitud de un problema de salud pública que sigue creciendo.

Las redes sociales suman riesgos con ofertas muy atractivas, como si habláramos de un paquete vacacional y no de procedimientos médicos que implican anestesia, riesgos cardiovasculares, infecciones, hemorragias y hasta la muerte. 

El problema no se limita a los falsos médicos. También existen casos de negligencia médica cometidos por profesionales certificados. Por eso la conversación debe ir más allá y entender que es urgente un control efectivo, vigilancia sanitaria eficaz y acceso a información clara para las pacientes.

Pero también necesitamos cuestionar el sistema que nos hace sentir insuficientes todo el tiempo. Porque el negocio de la belleza funciona mejor cuando odiamos nuestro reflejo.

La autonomía sobre nuestros cuerpos también implica poder decidir informadas, libres de presión y lejos de la violencia estética que nos provoca inseguridades para después ofrecernos “soluciones”.