La seguridad se construye con Estado, empresas y sociedad unidos

Columnista Invitado Nacional
#OpiniónCoparmex Jorge Peñúñuri Pantoja
México vive una realidad que ya no admite eufemismos: la inseguridad dejó de ser un fenómeno lejano y se ha convertido en la variable que define el rumbo económico, social y democrático del país. La violencia se infiltra en la vida cotidiana, condiciona decisiones de inversión, ahuyenta talento y limita la libertad de millones de ciudadanos y empresarios que hoy operan bajo riesgo permanente. Pero esta realidad no está escrita en piedra. Podemos cambiarla si entendemos que la seguridad no se construye desde la distancia, sino desde la corresponsabilidad.
Los datos más recientes de #DataCoparmex confirman lo que miles de empresarios viven en su operación cotidiana. Sólo 39.5% de las empresas considera que éste es un buen momento para invertir en México, un nivel comparable al observado durante la pandemia. La incertidumbre económica y la inseguridad ya superan el contexto político como los principales frenos a la inversión. Cuando el ánimo empresarial cae a estos niveles, el mensaje es claro: algo estructural está fallando.
Durante años depositamos la expectativa —y el fracaso— en la idea de que la seguridad era una tarea exclusiva del gobierno. Pero ningún Estado, por más recursos que tenga, puede enfrentar solo redes criminales que hoy muestran capacidad territorial, logística y financiera. La seguridad se sostiene cuando instituciones y ciudadanía actúan como un solo cuerpo; cuando la denuncia, la organización comunitaria, la vigilancia vecinal y la participación empresarial se suman a estrategias policiales y a políticas públicas bien diseñadas.
En muchos estados hemos visto cómo la violencia avanza donde el Estado pierde presencia. La extorsión es quizá el ejemplo más alarmante de esta falla institucional. De acuerdo con #DataCoparmex, una de cada dos empresas fue víctima de algún delito en el último año, la extorsión se mantiene como una de las principales amenazas, con un crecimiento sostenido de los casos telefónicos. Se convirtió en el delito que tiene de rodillas a miles de empresarios en el país y que amenaza especialmente a las Mipymes, el corazón productivo del país. Su expansión demuestra un vacío institucional: sin Estado de derecho, sin coordinación, sin inteligencia, ninguna estrategia funciona. La seguridad empieza en la comunidad. Una colonia organizada, un municipio con mecanismos de denuncia funcionales, empresas con protocolos de prevención, cámaras empresariales coordinadas y gobiernos abiertos a escuchar son más eficaces que cualquier despliegue improvisado. Esto implica adoptar modelos de policía local fortalecida, profesionalizada, equipada y cercana; pero también implica que los ciudadanos participen, reporten y confíen.
Desde la Coparmex vemos una oportunidad y una obligación: reconstruir la coordinación en los tres órdenes de gobierno y garantizar que la participación ciudadana deje de ser decorativa para convertirse en un pilar real de la política pública. Los consejos de seguridad deben volver a operar; las mesas ciudadanas deben tener información, indicadores y poder de evaluación, y las empresas deben ser parte del diseño de estrategias de prevención, no sólo de su financiamiento.
La experiencia internacional demuestra que cuando gobiernos y sociedad trabajan juntos, la violencia retrocede. No porque existan soluciones mágicas, sino porque se genera un ecosistema donde la ley tiene sentido, las instituciones funcionan y los ciudadanos recuperan la certeza de que vale la pena participar. Esa coordinación debe sostenerse en transparencia, datos abiertos, profesionalización policial, ministerios públicos eficientes y jueces capaces de blindar los procesos de la captura criminal. Tenemos que construir un México donde la legalidad no sea un acto de valentía, sino la norma. Un México donde los jóvenes encuentren oportunidades y no espejismos, donde las Mipymes crezcan sin miedo y donde la inversión no tenga que blindarse para operar. La seguridad es hoy la condición mínima para la convivencia, pero también para la competitividad y el futuro económico del país.
No se trata de señalar culpables. Se trata de asumir nuestra parte. México no puede resignarse a vivir con miedo. Si fortalecemos las instituciones, si los gobiernos se coordinan y si la ciudadanía participa, podremos recuperar lo esencial: la libertad para vivir, emprender y construir el país que merecemos.