El Plan de San Luis. Cuando Madero eligió las armas

Por Reidezel Mendoza S.*

Francisco I. Madero pasó de la protesta electoral a la insurrección en cuestión de semanas. Encerrado en la cárcel de San Luis Potosí tras los comicios federales del 26 de junio de 1910 —que denunció como fraudulentos—, obtuvo la libertad bajo fianza casi un mes después gracias, entre otras gestiones, a la intervención del obispo José María Ignacio Montes de Oca y Obregón, y del delegado apostólico Giuseppe Ridolfi. El juez de Distrito le prohibió abandonar la ciudad, pero la madrugada del 6 de octubre burló la vigilancia policiaca, disfrazado de mecánico, y huyó rumbo a la frontera.

Lo acompañó su ayudante Julio Peña. En la estación de Peñasco, el agente del Express Doroteo Maldonado recogió a los fugitivos y los condujo hacia el norte. Al día siguiente Madero se encontraba ya en Laredo, vestido con overol y sombrero guaimeño. Para ganar tiempo había dejado en San Luis varios telegramas en blanco firmados de antemano, con los que sus allegados podían hacer creer que seguía enfermo y recluido en la ciudad.

La fuga marcaba algo más que un cambio de escenario. Desde septiembre, Gustavo A. Madero y Roque Estrada lo habían convencido de que la vía electoral estaba agotada y de que la insurrección constituía una forma de “legítima defensa”. En Estados Unidos, Madero encargó a Federico González Garza, Juan Sánchez Azcona, Enrique Bordes Mangel y Roque Estrada ordenar el borrador de un manifiesto que había comenzado a preparar durante su encarcelamiento.

Las reuniones se celebraron en casa de Ernesto Fernández Arteaga, amigo de juventud de Madero. Mientras los redactores discutían el contenido, Fernández Arteaga y Aquiles Serdán vigilaban los alrededores ante una posible irrupción de agentes policiacos. No faltaron desacuerdos. El más importante surgió cuando Madero quiso establecer que, en caso de su muerte, Francisco Vázquez Gómez asumiría la jefatura revolucionaria. Sus colaboradores se opusieron: Vázquez Gómez había rechazado abiertamente la vía armada y era partidario de esperar hasta las elecciones de 1916. Madero terminó por ceder.

El documento quedó concluido hacia fines de octubre. En medio de las discusiones, el propio Madero tuvo que recordar a sus compañeros que no estaban redactando una Constitución, sino un llamado a las armas. El manifiesto declaraba nulas las elecciones, desconocía al gobierno de Porfirio Díaz, denunciaba la imposición de Ramón Corral y atribuía a Madero la Presidencia provisional, con el compromiso de convocar nuevos comicios cuando la capital y la mitad de los estados estuvieran en poder de los rebeldes. La insurrección debía comenzar el domingo 20 de noviembre.

También el nombre del documento respondió a una precaución política. Bordes Mangel advirtió que fechar en Estados Unidos una proclama revolucionaria podía implicar una violación de las leyes de neutralidad de ese país. Propuso entonces situarla en San Luis Potosí y fecharla el 5 de octubre, último día que Madero había permanecido allí. De esa decisión nació el Plan de San Luis.

La primera edición se preparó en la imprenta de Sánchez Azcona y Bordes Mangel, donde más tarde aparecería México Nuevo. Participaron Fausto Nieto, A. Zaragoza y José G. Nieto, mientras Aquiles Serdán permanecía afuera como vigilante. Como el taller carecía de una prensa adecuada, las formas fueron llevadas a la imprenta del Álamo. Antes del amanecer quedaron impresos cinco mil ejemplares en papel de Indias, firmados por Madero.

Entre el 24 y el 26 de octubre comenzaron a salir los emisarios. Aquiles Serdán partió hacia Puebla; Miguel Albores, a Chiapas; Ponciano Navarro, a la Huasteca potosina, y Bordes Mangel hacia Durango, después de distribuir ejemplares en Sonora, Sinaloa, Chihuahua, Coahuila y Zacatecas. José de la Luz Soto llevó copias a la Ciudad de México y recorrió Jalisco y otros puntos del centro del país para sumar partidarios.

En pocos días, una protesta contra un supuesto fraude electoral se había convertido en programa insurreccional con fecha, jefatura y red de propagandistas. Madero había cruzado una frontera política más importante que la del río Bravo. El hombre que durante años había rechazado el uso de la fuerza recurría ahora a la violencia para alcanzar el poder.

Para saber más: Reidezel Mendoza, Del Cerro Bola al Río Bravo. Soldados de fortuna, forajidos e insurrectos durante la rebelión maderista en la frontera (1910-1911), Chihuahua, 2016.

*Escritor