Pancho Villa, violentador de mujeres
Recurrió sistemáticamente a la violencia sexual contra mujeres y niñas.
Por Reidezel Mendoza
Historiador
Pancho Villa no se unió a la Revolución por causas sociales, sino para obtener indulto e impunidad por sus crímenes. Su violencia no respondió sólo a fines militares o económicos, sino a una aparente satisfacción personal en el acto violento. Diversos testimonios lo describen como impredecible, incapaz de distinguir entre culpables e inocentes y con cambios emocionales extremos, rasgos asociados a una personalidad psicopática.
A lo largo de su trayectoria militar, Pancho Villa recurrió sistemáticamente a la violencia sexual contra mujeres y niñas como táctica de guerra, con el propósito de someter a comunidades enteras, infundir miedo y castigar cualquier forma de resistencia. El 2 de diciembre de 1915, en San Pedro de la Cueva, Sonora, él y sus hombres pasaron la noche violando mujeres de distintas edades, luego de haber asesinado a sus padres, esposos y hermanos. Meses más tarde, en abril de 1917, el caudillo duranguense ordenó —y participó— en la violación masiva de más de cien mujeres en Namiquipa, Chihuahua, después de que los integrantes de la Defensa Social se negaran a enfrentarlo para evitar represalias contra sus familias.
Cuando los hombres no eran fusilados, Villa ordenaba que fueran amarrados con cuerdas y obligados a presenciar, impotentes, cómo sus esposas e hijas eran violentadas. Así ocurrió en Casas Grandes, en junio de 1913, donde los sobrevivientes fueron condenados a presenciar el horror. Años después, hacia 1916, en Cusihuiriachi, Villa ordenó el rapto de Felipa y Josefina Delgado, y de Aurelia Mata; las tres fueron víctimas de abuso sexual por el propio caudillo. Y en 1917, en la hacienda de Ramos, Durango, tras asesinar a los varones, Villa dispuso que todas las mujeres fueran violadas, sin importar si eran niñas o ancianas; éste secuestró y violó a María Arreola, de 16 años, a quien posteriormente asesinó y sepultó clandestinamente, después de arrebatarle su hijo. En Rosales, en 1918, el caudillo secuestró y violó a otras tres mujeres, que poco después fueron encontradas muertas. Ese mismo año, en Satevó, mientras sus hombres combatían contra la Defensa Social, Villa secuestró a Esther Márquez Chávez, de 15 años, y la encerró en un cuarto donde abusó de ella repetidamente.
Resulta inevitable detenerse en la ferocidad con la que Villa decidió el destino de muchas mujeres. La profesora Margarita Guerra y la viuda Guadalupe García fueron atadas y dinamitadas vivas; Celsa Caballero, en Jiménez, y la octogenaria Lugarda Barrio, en Satevó, perecieron en la hoguera en 1916. No menos sobrecogedores son los asesinatos de cinco mujeres en su casa en Jiménez, Chihuahua, la menor de apenas nueve meses de edad. Y en Valle de Olivos, una anciana en silla de ruedas, Luz Portillo, y su nieta Luz García, fueron torturadas y quemadas dentro de su propia casa.
No obstante, el episodio más sobrecogedor ocurrió en Camargo, Chihuahua, donde, el 12 de diciembre de 1916, fueron acribilladas más de 90 mujeres, algunas con sus hijos en brazos, por órdenes directas de Villa. En esa misma localidad, meses antes, dos mujeres habían sido incineradas junto con sus pequeños únicamente porque sus esposos eran de origen chino. Y en Parral, el caudillo ordenó la ejecución de varias mujeres por el simple hecho de ser gitanas.
Entre los crímenes más atroces destaca también el de Carlota Bastida en Menores de Abajo, Durango, en 1917. Tras haber llamado a Villa “bandido, asesino, violador, incendiario, valiente con las mujeres”; la señora Bastida fue entregada a la tropa, que la violó masivamente. No satisfecho, el caudillo ordenó que fuese llevada al monte y empalada viva.
