Olinia: mucho más que un auto eléctrico

Por Gabriela de la Torre Ríos*

La conversación pública sobre Olinia ha estado dominada por preguntas y críticas previsibles: ¿será competitivo su precio?, ¿cómo se compara con otros vehículos eléctricos?, ¿podrá fabricarse a escala? Son preguntas válidas.

Pero juzgar a Olinia únicamente como un “automóvil” sería minimizar un proyecto estratégico de ciencia, tecnología e industria nacional. Es perder de vista lo más importante. Más allá del vehículo en sí mismo, Olinia representa uno de los esfuerzos de desarrollo científico, tecnológico e industrial más ambiciosos que México ha emprendido en los últimos años, y puede marcar un precedente para las próximas décadas.

Independientemente de las dudas legítimas que pueda generar cualquier iniciativa de esta magnitud, hay algo que vale la pena reconocer desde ahora: estamos viendo una apuesta mexicana por construir conocimiento, desarrollar tecnología y formar talento para el futuro. Ese es el verdadero valor de Olinia.

No se trata únicamente de fabricar un producto; se trata de fortalecer capacidades nacionales y generar empleos verdes para una economía que necesita reducir su dependencia de los combustibles fósiles.

Cuando un país impulsa proyectos tecnológicos en esta escala, los beneficios trascienden al proyecto mismo. Surgen nuevas líneas de investigación, se forman especialistas y se construyen capacidades que permanecen mucho después de que el primer vehículo sale de la línea de producción.

En 2025 se vendieron más de 20 millones de vehículos eléctricos en el mundo, según la International Energy Agency (IEA), equivalentes a uno de cada cuatro vehículos nuevos comercializados a nivel global. La electromovilidad será una de las industrias estratégicas de las próximas décadas.

La pregunta no es si México participará en ella, sino si lo hará como consumidor de tecnología o también como generador de conocimiento e innovación. Olinia representa un paso en la segunda dirección.

También vale la pena observar el mercado al que apunta. Olinia no pretende competir frontalmente con las grandes marcas de vehículos eléctricos del mundo. Busca resolver un problema distinto: la movilidad de familias y de miles de pequeños comerciantes que hoy trabajan con vehículos que no siempre responden a las necesidades del territorio.

A ello se suma una dimensión industrial que pocas veces recibe atención suficiente. No es un asunto menor. La industria automotriz representa más de 5% del PIB nacional y cerca de 20% de la inversión extranjera directa que recibe México, según la IEA, por lo que la transición hacia vehículos eléctricos también es una discusión sobre competitividad económica y empleos.

Quizá uno de los aspectos más inteligentes de Olinia sea que no parte de una visión aislada ni proteccionista. El proyecto ha buscado aprender de experiencias internacionales y aprovechar el conocimiento acumulado en países como China, India o Alemania, que llevan años desarrollando tecnología para el sector automotriz y la movilidad eléctrica.

Los países que hoy lideran las industrias tecnológicas de vehículos eléctricos no llegaron ahí por casualidad. Lo hicieron mediante proyectos ambiciosos que articularon gobiernos, universidades, centros de investigación y empresas alrededor de objetivos estratégicos de largo plazo. Necesitaron que la innovación, la ciencia y la tecnología fueran piezas centrales de su política industrial.

Por supuesto, existen desafíos para Olinia. Los habrá en materia tecnológica, financiera, productiva y comercial. Nadie debería minimizar la complejidad de una iniciativa de esta naturaleza, pero tampoco caer en el error de descalificar antes de comprender su verdadera dimensión.

Hay retos, sin duda. Pero también hay una visión, una estrategia y un plan. Ese es el verdadero valor de Olinia.

*Jefa de Vehículos Cero Emisiones para América Latina en C40 Cities y especialista en gobernanza urbana, movilidad sostenible, políticas de transporte y género.