Mapas de poder

Por Luis Wertman*

Durante décadas entendimos el petróleo como una materia prima cuyo precio dependía de la oferta, la demanda y el crecimiento. Esa explicación ya no basta. Hoy el barril es también un termómetro de seguridad, logística y poder. Lo que ocurre entre Irán, Arabia Saudita, Yemen y los Estados árabes del Golfo demuestra cómo una confrontación regional puede convertirse rápidamente en un problema económico mundial.

El Brent volvió a superar los 100 dólares. Pero importa menos la cifra que la razón. Arabia Saudita enfrenta ataques contra ciudades, instalaciones militares e infraestructura energética. Los hutíes de Yemen, alineados con Irán, han intensificado sus ofensivas, mientras Riad responsabiliza también a fuerzas respaldadas por Teherán en Irak del ataque que paralizó su oleoducto East-West.

No es un detalle. Ese ducto fue construido para llevar petróleo desde el Golfo hasta Yanbu, en el Mar Rojo, evitando el estrecho de Ormuz. Si Ormuz se vuelve inseguro y a la vez se amenaza la salida por el Mar Rojo y Bab el-Mandeb, la presión ya no se ejerce sólo sobre Arabia Saudita: alcanza una de las principales arterias energéticas del planeta.

Aquí aparece una dimensión geopolítica fundamental. Irán desarrolló vínculos con organizaciones armadas y movimientos aliados en distintos países. No todos obedecen automáticamente a Teherán, pero su capacidad conjunta permite ejercer presión desde distintos frentes sin convertir cada episodio en una guerra convencional entre Estados.

Frente a esta estrategia se encuentran algunos de los Estados árabes más vanguardistas del mundo. Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y otras economías del Golfo intentan trascender el petróleo mediante inversiones extraordinarias en inteligencia artificial, aviación, turismo y logística.

Esa transformación representa una competencia más profunda: mientras unos buscan influencia mediante capacidad militar, otros construyen poder mediante inversión y desarrollo económico.

Pero existe una paradoja: cuanto más sofisticada se vuelve una economía, mayor es el valor de la estabilidad que necesita para funcionar.

Un dron relativamente barato puede amenazar infraestructura multimillonaria. Un misil puede detener un oleoducto. Un estrecho inseguro eleva seguros y fletes. Y una interrupción energética termina viajando desde Medio Oriente hasta una fábrica o el bolsillo de una familia a miles de kilómetros.

Así aparece una nueva tarifa mundial: la prima de desconfianza.

Se paga en petróleo, diésel, transporte, seguros, inventarios preventivos, rutas más largas y capital más caro. La confianza deja de ser un concepto intangible: adquiere precio.

También cambia la naturaleza del poder. En el siglo XX se medía en territorio, ejércitos, población y recursos. En el XXI hay que agregar la capacidad de proteger —o interrumpir— redes: estrechos, puertos y oleoductos.

Quien amenaza un nodo estratégico puede proyectar influencia mucho más allá de sus fronteras.

Y aquí surge una enseñanza para América del Norte. México, Estados Unidos y Canadá poseen energía, alimentos, minerales, industria y dos océanos. En un mundo donde transportar con seguridad importa tanto como producir barato, la proximidad adquiere un valor extraordinario.

Pero ninguna ventaja geográfica es eterna si no se transforma en infraestructura, seguridad e innovación.

El petróleo podrá bajar. Las rutas podrán reabrirse. Incluso las guerras terminan. Pero quedará una lección: la competencia mundial ya no será por producir más barato, sino por garantizar que lo que producimos llegue a su destino aun en crisis.

El nuevo mapa del poder se está dibujando frente a nosotros. Y en este cambio de época, confianza, resiliencia y certeza se han convertido en infraestructura estratégica.

¡Hacer el bien! ¡Haciéndolo bien!

*Analista

X: @LuisWertman