Ganar sin guerra: un cambio de rumbo necesario

Por Abraham Hernández Arellano

*No es misterio: buscamos apagar incendios sin atender su origen...

México vive una paradoja incómoda: cada año aumentan los operativos, los despliegues y las detenciones, pero el crimen organizado sigue creciendo. No es misterio: buscamos apagar incendios sin atender su origen, mientras enfrente opera un adversario que sí piensa, calcula y adapta su modelo criminal a cada movimiento del Estado.

Los cárteles no actúan al azar. Son estructuras racionales que evalúan costos, compran voluntades, controlan rutas y se insertan donde el Estado es más frágil: municipios, aduanas, puertos, policías debilitadas y comunidades abandonadas. No es desorden; es un diseño que funciona para ellos y que nos está rebasando.

Durante años, la estrategia de seguridad ha sido reactiva y fragmentada. Mucha fuerza, poca inteligencia. Pero ninguna operación exclusiva de combate derrota a una organización que analiza y evoluciona más rápido que el aparato gubernamental. México necesita un cambio de lógica, no sólo de tácticas.

El primer paso es recuperar el control del tablero. Eso comienza por unificar la inteligencia. Hoy, las instituciones operan como piezas sueltas; el crimen, como un sistema.

Un Centro de fusión de Inteligencia Criminal permitiría anticipar rutas, mapear corrupción, rastrear finanzas y cortar logística antes de que se traduzca en violencia. Cuando el Estado ve completo el panorama, el crimen pierde su ventaja: la anticipación.

También debemos abandonar la obsesión sólo por capturar “lugartenientes”. Los cárteles reclutan rápido; lo que no reemplazan fácil son rutas, dinero, operadores financieros, infraestructura y protección política. Golpear donde duele implica intervenir puertos, fronteras, giros de riesgo, empresas fachada y redes financieras. La fuerza debe ser quirúrgica, no ruidosa.

Las finanzas deben ser prioridad. Un cártel sin dinero no compra armas, no corrompe autoridades ni controla territorios. Congelar activos, acelerar extinción de dominio y coordinar auditorías puede causar más daño que un operativo. El golpe económico es un golpe decisivo.

Los cárteles tampoco son bloques homogéneos, tienen fricciones internas y disputas constantes. Una estrategia moderna debe explotar esas grietas. Incentivos a mandos medios, operaciones de influencia y programas de colaboración pueden fracturarlos sin disparar una bala.

Pero nada funciona si el Estado se hunde en su propio talón de Aquiles: la corrupción. Sin autoridades confiables, cualquier operación está condenada al fracaso. Se requieren controles patrimoniales permanentes, rotaciones, sanciones inmediatas e incentivos reales para la integridad. El crimen teme a un Estado incorruptible.

Y falta un actor clave: la sociedad. Los cárteles dominan territorios por armas, pero también por narrativa y economía. Cuando una población siente que el Estado no llega, acepta la “protección” criminal. Recuperar legitimidad exige presencia policial confiable, apoyo a víctimas de extorsión y reconstrucción del tejido social. Sin la sociedad, el Estado no gana; con ella, el crimen no sobrevive.

Ésta no es una guerra de fuerza, sino de sistemas. Y un sistema criminal se derrota reduciendo su rentabilidad, destruyendo su logística, fracturando su cohesión, blindando instituciones y devolviendo al Estado su papel como garante de orden.

México no necesita más guerra; necesita estrategia, inteligencia, visión y voluntad.

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