El azúcar: la droga dulce que México se niega a enfrentar
PorÓscar del Cueto En México hemos aprendido a hablar del tabaco y del alcohol como amenazas a la salud pública. Hemos aplicado impuestos especiales, restricciones de venta y campañas de advertencia. Pero hay un enemigo más silencioso, omnipresente y devastador que ...
Por Óscar del Cueto
En México hemos aprendido a hablar del tabaco y del alcohol como amenazas a la salud pública. Hemos aplicado impuestos especiales, restricciones de venta y campañas de advertencia. Pero hay un enemigo más silencioso, omnipresente y devastador que seguimos tratando con indulgencia: el azúcar.
Cada año, el tabaco mata entre 60 mil y 80 mil mexicanos; el alcohol, cerca de 41 mil. Sin embargo, el consumo excesivo de azúcar —a través de refrescos, pan industrial, harinas refinadas y productos ultraprocesados— provoca la muerte de hasta 100 mil personas al año, según estimaciones del Instituto Nacional de Salud Pública. Es decir, el azúcar mata a más mexicanos que el tabaco y el alcohol juntos.
La diabetes tipo 2, la obesidad y la hipertensión —todas vinculadas al exceso de azúcar— son ya una epidemia nacional. Más de 75% de los adultos mexicanos vive con sobrepeso u obesidad, y uno de cada tres niños padece exceso de peso. México ocupa el primer lugar mundial en obesidad infantil y el quinto en diabetes. El IMSS destina más de 180 mil millones de pesos anuales al tratamiento de enfermedades relacionadas con el azúcar. Cada cucharada añadida es una inversión en un futuro con más hospitales saturados, más amputaciones, más diálisis y más familias rotas. Pero el problema no sólo es sanitario: es cultural. En un país donde ofrecer un refresco es símbolo de hospitalidad, cuestionar el azúcar se percibe casi como una ofensa. Cuando uno decide eliminarla de su dieta, no faltan las advertencias: “Te vas a descompensar”, “el cuerpo la necesita”. Incluso algunos médicos repiten estas frases, evidencia de una desinformación institucionalizada alimentada durante décadas por la industria. La educación médica y nutricional en México ha estado influida por grandes laboratorios y corporaciones que moldearon el conocimiento en función de intereses económicos. El resultado: una generación de profesionales que aún duda en llamar al azúcar por su nombre real —una droga legal con efectos metabólicos adictivos—.
Científicos de todo el mundo coinciden en el diagnóstico. El doctor Robert Lustig, endocrinólogo de la Universidad de California, ha demostrado que el azúcar altera el metabolismo igual que el alcohol. El doctor David Ludwig, de Harvard, explica que provoca picos de insulina que disparan el hambre y el envejecimiento celular. El doctor Jason Fung sostiene que reducirla al mínimo puede revertir la diabetes tipo 2. Y el genetista David Sinclair advierte que el exceso de glucosa acelera el envejecimiento y la pérdida de capacidad celular para repararse. El nobel de Medicina Yoshinori Ohsumi confirmó que al reducir los niveles de glucosa se activa la autofagia, el proceso natural de limpieza celular. En resumen: el azúcar no sólo enferma, también impide que el cuerpo se repare.
Por eso urge una campaña nacional de conciencia real, sin intereses comerciales. No basta con impuestos o etiquetas frontales. México necesita educación alimentaria desde la infancia. Prohibir el acceso al azúcar no es moralismo, es prevención. Si el Estado limita la venta de tabaco y alcohol a menores, ¿por qué no hacer lo mismo con la sustancia que más vidas cobra al año? En medio de este panorama, es justo reconocer que el gobierno federal ha comenzado a tomar medidas fiscales para desincentivar su consumo y promover entornos saludables. Es un paso importante, pero insuficiente sin el compromiso ciudadano.
México debe atreverse a decir la verdad: el azúcar es tan nociva como cualquier droga legal. Callar o disfrazar el problema es condenar a generaciones enteras a la enfermedad. No se trata de prohibir el placer, sino darle futuro a quienes hoy crecen entre dulces y refrescos. El azúcar ha dejado de ser un simple gusto y se ha convertido en un problema de Estado. Enfrentarla no es un acto autoritario, es un acto de amor colectivo. Y, si no lo hacemos ahora, seguiremos endulzando la enfermedad… y amargando el porvenir.
