Día Mundial de la Prevención del Suicidio: la infancia como punto de partida en México

PorOscar Joe Rivas Cada 10 de septiembre, el calendario internacional nos recuerda una realidad incómoda: el suicidio. Es una de las principales causas de muerte en jóvenes y adultos en todo el mundo, y México no es la excepción. Sin embargo, más allá de los ...

Por Oscar Joe Rivas

Cada 10 de septiembre, el calendario internacional nos recuerda una realidad incómoda: el suicidio. Es una de las principales causas de muerte en jóvenes y adultos en todo el mundo, y México no es la excepción. Sin embargo, más allá de los números, lo que duele es lo que cada cifra representa: familias marcadas por la ausencia, comunidades golpeadas por la pérdida, proyectos de vida que se interrumpen de manera abrupta.

En el Día Mundial de la Prevención del Suicidio, la invitación no es solo a conmemorar, sino a reflexionar y actuar. Y una de las investigaciones más importantes realizadas en nuestro país ofrece una pista valiosa: el riesgo de suicidio no aparece de repente en la adolescencia o en la adultez, sino que se gesta en los primeros años de vida, cuando muchos niños y niñas enfrentan situaciones de adversidad que dejan huellas profundas.

El término Adverse Childhood Experiences o Experiencias Adversas en la Infancia (ACE) se acuñó en los noventa, al trabajo de Vincent Felitti y Robert Anda en EU. Su investigación mostró que situaciones como el maltrato físico o emocional, el abuso sexual, la negligencia, crecer en un hogar con violencia, adicciones, problemas de salud mental o la separación de los padres no eran simples recuerdos dolorosos. Eran factores de riesgo acumulativos. Mientras más experiencias de este tipo sumaba una persona, mayor era la probabilidad de sufrir depresión, adicciones, enfermedades crónicas… y de intentar suicidarse.

Inspirados por la investigación, entre 2021 y 2022 se aplicó en México el cuestionario ACE a una muestra representativa de 13,781 adultos de manera digital durante la pandemia.

El objetivo fue simple: medir cuántos mexicanos habían vivido alguna de estas diez experiencias adversas en la infancia, y cuántos acumulaban cuatro o más, el umbral que la ciencia internacional reconoce como el punto de mayor riesgo para la salud física y mental.

Los resultados confirmaron  que las ACE son comunes en la población mexicana. Una proporción significativa reportó al menos una, y un porcentaje importante alcanzó el nivel de cuatro o más. Pero el hallazgo más revelador fue la desigualdad territorial: no todos los estados presentan el mismo nivel de adversidad.

Nuevo León encabeza la lista nacional, con 45.1% de adultos que reportaron cuatro o más ACE. Esto significa que casi la mitad de su población adulta vivió una infancia marcada por múltiples adversidades. Le siguen Aguascalientes (44.7%), Puebla (44.1%), Quintana Roo (44.1%) y Yucatán (44.0%). También destacan Querétaro, Chihuahua, Guanajuato, San Luis Potosí y Tamaulipas, con porcentajes superiores a 4 por ciento. El Riesgo Atribuible Poblacional (RAP) indica qué proporción de un problema de salud —en este caso, el suicidio— se debe a un factor de riesgo concreto, como la acumulación de ACE.

Estudios internacionales han mostrado que el riesgo relativo de suicidio en personas con ≥4 ACE puede ser de 5 a 12 veces mayor. Si aplicamos ese dato a la prevalencia de Nuevo León, se entiende por qué este estado concentra una de las mayores vulnerabilidades del país: 7 de cada 10 intentos de suicidio en ese estado estarían vinculados a heridas de la infancia.

El tema no es exclusivo de México. En Escocia, por ejemplo, el gobierno adoptó un enfoque nacional de políticas “trauma-informed”, capacitando a docentes, policías y médicos para identificar señales de adversidad infantil y actuar preventivamente. En Australia, comunidades indígenas combinaron la ciencia ACE con prácticas culturales para atender el suicidio juvenil. El resultado fue una reducción significativa en intentos suicidas y un fortalecimiento del sentido de identidad. En EU, varios estados liderados por California, utilizan sistemas de vigilancia epidemiológica basados en ACE para dirigir recursos a las regiones más afectadas. Los programas de crianza positiva y las intervenciones escolares han mostrado impactos medibles en la reducción del suicidio adolescente.

La lección es clara: invertir en la infancia es la estrategia más efectiva para prevenir muertes por suicidio en el futuro.

El estudio ACE en México abre una oportunidad histórica. A partir de los datos, se pueden diseñar estrategias específicas:

1. Priorizar la infancia como política de Estado: invertir en programas de apoyo parental, detección de violencia doméstica y acompañamiento en duelos o separaciones.

2. Escuelas como espacios seguros: capacitar docentes en regulación emocional y atención a la adversidad.

3. Servicios de salud Informada en Trauma: incorporar preguntas ACE en la atención primaria para identificar adultos en riesgo y capacitación en psicotrauma de profesionales de la salud mental.

4. Focalizar recursos en estados con mayor prevalencia: Nuevo León y los otros nueve estados del ranking deberían ser zonas prioritarias para programas piloto.

5. Romper el estigma cultural: hablar de suicidio y adversidad sin culpas ni silencios, generando una narrativa de prevención y esperanza.

En este Día Mundial de la Prevención del Suicidio, si México quiere reducir muertes por esta causa, debe empezar en la niñez. Cada ACE que se previene es un paso hacia una adultez más libre de riesgo.

El suicidio no es un destino inevitable. Es el resultado de condiciones sociales, familiares y emocionales que, en gran medida, pueden modificarse. Y si sabemos que la infancia es la etapa donde se siembra el riesgo, también es la etapa donde podemos sembrar la esperanza.

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