Hay muertes que entregan un cuerpo sobre el cual volcar la pena, un féretro que velar y un espacio de tierra donde colocar una flor. Son trágicas, pero definitivas. Existe, sin embargo, otra muerte que se prolonga en el tiempo como una tortura que se incrusta como espina eterna en el corazón: la desaparición. Es la suspensión del luto, el limbo jurídico y emocional donde los vivos quedan condenados a buscar a sus fantasmas. Sinaloa siempre ha presagiado abundancia; ésta es una tierra fértil para la agricultura, el comercio y el esfuerzo de su gente, pero hoy, trágicamente, se ha convertido en tierra fértil para desaparecer.
Las cifras frías intentan retratar la dimensión del colapso, pero terminan anestesiando la capacidad de asombro. Los registros oficiales en la entidad acumulan una cifra histórica que roza los ocho mil desaparecidos; estimaciones no oficiales e independientes proyectan que el subregistro podría duplicar esa pesadilla. En los últimos dos años de confrontación abierta, los folios de búsqueda sumaron cerca de 4 mil nuevos expedientes. Pero el dato más aterrador no es el que aparece en los comunicados de las fiscalías, sino el que nunca llega a una mesa de denuncia: el abismo invisible de las desapariciones de las que nadie habla.
En los sectores populares, las zonas rurales y las familias de la periferia, el miedo anestesió a las víctimas. Son cientos los jóvenes levantados cuyos nombres jamás ingresarán al Registro Nacional de Personas Desaparecidas. Las familias prefieren guardar silencio antes que pisar un Ministerio Público. Denunciar en tierra de nadie puede poner en riesgo al resto de la familia. Hay una lista negra escrita en el dolor privado de cientos de madres que lloran hacia adentro, prefiriendo la duda a la represalia.
Lo verdaderamente siniestro de esta coyuntura es que la ruleta de la violencia perdió sus antiguos contrapesos: hoy nadie está a salvo. La narrativa del riesgo selectivo se ha desmoronado por completo. Le puede tocar a un próspero empresario, a un joven estudiante de la periferia, a ciudadanos mexicanos de paso por la entidad o a extranjeros que confiaron en la calidez de nuestras costas. La vorágine no distingue estatus socioeconómico, origen ni ocupación. El miedo, antes concentrado en determinados sectores, ahora parece extenderse como una amenaza cotidiana que alcanza espacios que alguna vez se consideraron ajenos a esta violencia.
Ahí está el caso de Carlos Emilio Galván, el joven desaparecido tras acudir al baño en un conocido establecimiento del malecón de Mazatlán, un hecho que exhibió la fragilidad de un puerto que presume pacificación, pero reinan impunidad y corrupción. A esa herida se sumó la privación ilegal de la libertad de turistas provenientes del Valle de México que acudieron a Mazatlán en busca de sol y playa y terminaron convertidos en fichas de búsqueda emitidas a toda prisa. También están los mineros de Concordia, víctimas de desaparición que terminaron en fosas clandestinas y cuyo hallazgo, semanas después, es una excepción frente a tantas familias que siguen esperando.
La mancha no se detiene en el puerto ni distingue nacionalidades. Tan sólo en las últimas horas, entre el martes 15 y este jueves 17 de septiembre, la capital volvió a ser escenario de violencia con dos casos que encendieron las alarmas internacionales. Medios locales reportaron la desaparición de José Antonio Castro Meza, de 29 años, y del empresario joyero Luis Mario Zúñiga Ramos. En ambos casos, las crónicas periodísticas señalan que son ciudadanos estadunidenses; aunque el consulado de Estados Unidos mantiene hasta ahora silencio institucional, sin confirmaciones públicas, el mensaje de fondo resulta devastador: en Culiacán, la violencia no parece respetar pasaportes, diplomacia ni sectores económicos.
Cuando la violencia alcanza al visitante, al empresario o al ciudadano extranjero, la indignación estalla en los titulares de la prensa nacional e internacional; pero ni eso parece suficiente para exhibir a unas autoridades rebasadas. Es peor cuando el desaparecido es un peón, repartidor o estudiante: entonces el silencio mediático cae.
Desaparecer en Sinaloa es ser borrado dos veces: primero por la mano criminal y la tierra que oculta los restos, y después por la indiferencia de un sistema que prefiere administrar la impunidad antes que enfrentar la verdad.
