Del arancel al plato: diplomacia contra el desperdicio
Urge crear mecanismos diplomáticos para la seguridad alimentaria.
Por: Kim Durand*
Cada vez que celebramos el Día Mundial del Medio Ambiente, el calendario, las redes sociales y las noticias se llenan de mensajes inspiradores sobre reciclaje y consumo responsable. Pero en la práctica, Norteamérica sigue enterrando en vertederos más de 41 millones de toneladas de alimentos al año, según el índice de desperdicio de alimentos 2024 del PNUMA; de las cuales México aporta 13.4 millones, Canadá más de tres y Estados Unidos 60% del total.
Esas cifras no son sólo un récord de despilfarro, sino un pasivo invisible que, de atenderse con responsabilidad y compromiso, podría traducirse en mejores oportunidades para 81 millones de personas que hoy enfrentan inseguridad alimentaria en la región. Esto me parece absurdo: condenamos toneladas a la basura mientras millones de familias no saben si cenarán hoy.
Es hora de reconocer que el desperdicio de alimentos no es un mal aislado de cada país, sino un problema regional que exige soluciones diplomáticas y de mercado. Si bien las tensiones comerciales y los aranceles protegen productos concretos, resulta urgente entender que cada kilo que se pierde en México, Estados Unidos o Canadá se traduce en millones de dólares desaprovechados, alimentos descartados e impacto ambiental.
¿Por qué seguimos viendo el desperdicio como algo inevitable y no como una mina de oportunidades y puentes sostenibles entre naciones? Así como existen pactos para la seguridad energética o la protección ambiental, urge crear mecanismos diplomáticos para la seguridad alimentaria, empezando por reducir el desperdicio.
La reciente ola de incertidumbre arancelaria añade otra capa de complejidad al problema. Basta con que se hable de sanciones o aumentos de tarifas para que el jitomate —y productos como la cerveza, el tequila o las berries— suba de precio, el consumidor ajuste su gasto y retail reduzca pedidos… demasiado tarde. La mercancía ya está en tránsito o en bodega, y el resultado no tarda en aparecer: más desperdicio y menos alimentos en la mesa. Pensemos en el jitomate; en 2023, México exportó mil 793 millones de toneladas a Estados Unidos, generando más de 2 mil 100 millones de dólares, mientras 926 mil toneladas se perdieron en el camino: un “activo no realizado” valuado en unos 5 mil 500 millones de dólares si lo calculamos al precio de exportación. ¿Por qué no mirar ese pasivo con ojos de inversionista?
Ideas como el “Índice de riesgo de desperdicio”, una brújula que, en lugar de medir sólo producción y ventas, califique cada lote según la fragilidad del producto, el tiempo que tarda en llegar del campo al anaquel y la volatilidad de su precio entre mercados podrían instrumentarse gracias a la colaboración entre naciones y organismos como la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (Sader), la Dirección General del Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera (DGSIAP), el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA) o la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA), entre otros. Este tipo de medida quizá ofrecería la claridad económica necesaria para financiar proyectos eficaces enfocados en la reducción de mermas.
Incluso pensar en poner en la agenda, iniciativas como los bonos de desperdicio cero, emitidos por consorcios binacionales que financien una mayor sostenibilidad en las cadenas de suministro: cámaras frías compartidas en rutas fronterizas e incentivos arancelarios diferenciados a quienes cumplan metas de donación y rescate, así como certificaciones “Desperdicio Responsable”, podrían ser parte de las políticas públicas compartidas.
Y dado que la diplomacia no es la única vía, ¿por qué no fomentar además la colaboración y la creatividad entre emprendedores y la iniciativa privada transnacional?
Imaginemos alianzas entre retailers y startups de upcycling en la ecuación: un gran supermercado en Dallas y una pyme sinaloense que conviertan la pulpa de jitomate descartada en “chips gourmet” de venta en los pasillos de snacks saludables. O bien, una línea premium de salsas —desde salsa macha hasta ketchup picante— exclusivamente elaboradas con jitomates descartados por su forma o color, o por batallas regulatorias. Estas colaboraciones no sólo evitan residuos: crean nuevos flujos de ingresos, refuerzan la conexión cultural y convierten la sostenibilidad en un argumento de venta genuino, permitiendo el rescate de alimentos valiosos que no están llegando a su destino.
Al final, la frontera que más nos urge cruzar no es la geográfica, sino la mental y cultural que nos impide contabilizar las pérdidas ocultas y comprender que compartimos un mismo planeta. Si buscamos atender juntos como región esta problemática, cada kilo de tomate caído o cada caja de fruta perdida, puede ser la semilla para impulsar rentabilidad, innovación y justicia social. Que el 5 de junio no se celebre exclusivamente con eslóganes o campañas genéricas, sino con compromisos concretos. Que gobiernos, empresas y emprendedores de Norteamérica den el primer paso hacia una diplomacia alimentaria: donde cada alimento salvado sea un acto de justicia social, sostenibilidad y visión compartida.
*CEO y fundador de Cheaf
