Momentos como los que vive nuestro continente hacen evidente que en América Latina existen dos modelos de hacer política, el que se subordina a los designios políticos de Washington y el gran capital, y el que prefiere la ruta de la soberanía política y económica.
Si bien la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca en 2025 con toda su estridencia y beligerancia puede parecer una fase inédita en la historia geopolítica de nuestro hemisferio, sus intereses son los mismos que estuvieron detrás de la ola de privatizaciones de empresas estatales en toda América Latina durante los años noventa, la pérdida del control del Estado sobre recursos y áreas estratégicas, a ser un simple regulador fragmentado, un modelo que autores como Olsen denominaron el Estado Supermercado (Olsen, J.P. [1988], Administrative Reform and Theories of Organization. University of Pittsburgh Press).
Ese ciclo salvaje de saqueos y privatizaciones en la región durante la última década del siglo pasado fue en gran medida un antecedente a la ola de movimientos que llegaron a ser gobiernos nacional-populares (izquierda). El péndulo cambió de sentido, haciendo posibles regímenes que se destacaron por recuperar la soberanía política rematada por el neoliberalismo.
En México, también tuvimos la ola de privatizaciones noventera; sin embargo, Felipe Calderón y su fraude electoral, avalado por Estados Unidos, interrumpieron el curso democrático. A la postre, Calderón pagaría el favor intentando privatizar Pemex (2008) y permitiendo la entrada de agencias norteamericanas a nuestro país. El respaldo o acoso de Washington para un gobierno latinoamericano son producto del alineamiento o rechazo con sus intereses imperialistas.
La ambición del capital norteamericano en América Latina no es nueva, mucho menos lo es la respuesta política de las élites conservadoras; si acaso, como nuevo elemento podemos considerar el creciente interés del sionismo por afincarse en nuestra región. En Colombia, el candidato de la ultraderecha, Abelardo de la Espriella, quien ya ha recibido el respaldo de Trump y su obsceno intento de injerencia, ha hecho de la alineación de su país con el genocida Estado de Israel un pilar central de su campaña. Entre sus propuestas está la de reanudar las relaciones diplomáticas, abrir una embajada de Colombia en Jerusalem, así como cooperación militar. El regresionismo económico del abogado del paramilitarismo, De la Espriella, es de tal magnitud, que propone abiertamente dolarizar la economía colombiana, por cierto, una de las más estables en el continente. Colombia perdería la capacidad de emitir su moneda y tendría que comprarla a Estados Unidos, que, en los hechos, sería como otorgarle préstamos sin interés, el señoreaje, que la economía clasifica como la transferencia de recursos al emisor de una moneda desde los tenedores de la misma. Así es, el supuestamente disruptivo influencer tiene para Colombia la misma subordinación que ya ofrecen otros mandatarios como Milei o Bukele.
Brasil es otro frente abierto, donde Washington e Israel juegan a favor del candidato conservador Flavio Bolsonaro, hijo de Jair Bolsonaro, senador y precandidato presidencial del Partido Liberal. Bolsonaro critica la postura del actual gobierno brasileño respecto al conflicto en Oriente Medio, es decir, la abierta condena del genocidio en Palestina, bajo el ya desgastado, pobre y falso argumento del antisemitismo.
No es descabellado pensar, como sugiere la Presidenta de la República, que desde afuera la apuesta por la desestabilización de México se incremente en forma de golpe blando.
*Analista
