El populismo identificado en cinco formas

En la esencia de la mentalidad populista, sea ésta de izquierdas o de derechas, existen algunos “indicios” que nos permiten identificar cuando la democracia liberal basada en mercados competitivos se encuentra amenazada por el populismo. En la mayoría de los casos nos encontramos frente a una serie de mentiras, falacias e incoherencias con las que populistas, ideólogos y demagogos de diversas tribus buscan engañarnos
 

Por Axel Kaiser y Gloria Álvarez

La idolatría del Estado.— El discurso populista siempre pone al Estado como la solución a todos los problemas de la sociedad. Sean fascistas o marxistas, los populistas reclaman que ellos sí que representarán los intereses del “pueblo” una vez en el poder. Y dado que ellos incluso se funden con “el pueblo” al punto de hacerse indistinguibles, su propuesta invariablemente implica incrementar el poder del Estado que han de controlar. El Estado se convierte así, místicamente, en la máxima expresión posible de moralidad pública y el mercado en el summum de la degeneración ética y el responsable de los males de la sociedad. Lo privado es denunciado como inhumano, egoísta y corruptor, y lo estatal, eufemísticamente llamado “público”, es presentado como lo único capaz de velar por el supuesto bien común. El nazismo y el socialismo fueron doctrinas hermanas que alimentaron esa lógica populista postulando líderes redentores que, reclamando representar el interés y la voluntad del pueblo, destruyeron la libertad y la democracia.

El victimismo.— De particular importancia en América Latina, el complejo de víctimas lleva siempre a culpar a otros de aquello que anda mal en nuestras sociedades. Ésta fue la línea argumental de la famosa “teoría de la dependencia”, según la cual el subdesarrollo de los países latinoamericanos se debía a la explotación que realizaban los países ricos. Como consecuencia, se denunció y combatió el libre comercio y la división internacional del trabajo mediante un desbocado proteccionismo cuyo efecto fue un empobrecimiento general de la región. Hoy, en la región, los promotores del socialismo del siglo XXI nuevamente culpan al libre comercio y a potencias extranjeras de las miserias que ellos mismos han causado en sus países y de la incapacidad general que hemos tenido en América Latina de dejar de depender de la explotación de recursos naturales.

La paranoia antineoliberal.— La mayoría de los populistas acusa al “neoliberalismo” de todos los males imaginables, proponiendo el camino socialista o estatista como la solución final a esos males. Jamás definen lo que ha de entenderse por “neoliberalismo”, pero está claro que lo relacionan con políticas pro mercado. De este modo se aprovechan de utilizar una etiqueta que ha probado ser muy efectiva en desprestigiar instituciones serias y políticas económicas productivas para la población.

La pretensión democrática.— A diferencia del pasado, donde movimientos colectivistas intentaban hacerse del poder por la vía de las armas, en estos tiempos es la democracia el instrumento para lograr la revolución y la concentración del poder en manos del líder populista. El uso del universo simbólico, del lenguaje, de la estética irreverente y los medios de comunicación para crear nuevos sentidos comunes que dinamiten la credibilidad del orden establecido ha sido la estrategia central en movimientos populistas e ideológicos latinoamericanos. Bajo la influencia de creencias y emociones” las personas elijen al populismo “democráticamente”.

La obsesión igualitaria.— Desde fascistas como Hitler a socialistas como Iglesias, Castro, Chávez o Kirchner, la igualdad material es la promesa que propulsa al discurso populista. El odio en contra de una clase o “casta” a la que se acusa de todas las calamidades imaginables es la contracara de la oferta de redención para las masas. Como sabemos desde George Orwell, esta fantasía igualitaria termina con el grupo que la promueve viviendo como la peor de las castas, enriqueciéndose ilimitadamente en regímenes corruptos cuyos líderes se rodean de lujos y placeres obscenos mientras “el pueblo” que declamaron encarnar sufre la privación más brutal y la falta de libertad.

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