El hemisferio vuelve a contar: Venezuela y el realismo del poder
AMOS OLVERA PALOMINO

columnista invitado global
DESAFÍOS DEL ORDEN MUNDIAL
La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses no debe interpretarse como un episodio aislado ni como un simple retorno al intervencionismo clásico. Tampoco encaja plenamente en el molde de los cambios de régimen impulsados por el neoconservadurismo en las primeras décadas del siglo XXI. Lo ocurrido en Venezuela señala algo más profundo: el abandono explícito de las ficciones que durante años sostuvieron el discurso del orden liberal internacional y la entrada abierta a una fase de realismo geopolítico sin disfraces.
Estados Unidos ya no justifica su acción exterior en nombre de la democracia, los derechos humanos o el llamado “orden basado en reglas”. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 es clara al respecto: la prioridad es restaurar la primacía estadounidense en su entorno inmediato y neutralizar amenazas estratégicas en el hemisferio occidental. Venezuela no aparece como una excepción moral, sino como una pieza estructural dentro de ese replanteamiento.
Durante décadas, Washington recurrió a un lenguaje normativo para legitimar acciones que, en esencia, respondían a cálculos de poder. Esa brecha persistente entre discurso y práctica terminó erosionando la credibilidad del sistema que decía defender. Hoy, esa etapa parece clausurada. La lógica que emerge es más directa y menos ambigua: esferas de influencia, control estratégico y equilibrio de poder vuelven a ocupar el centro del escenario.
En este marco, Venezuela dejó de ser percibida como un problema ideológico y pasó a ser considerada un factor de inestabilidad regional. No por su retórica política, sino por su articulación progresiva con potencias extrahemisféricas, su peso energético y su capacidad potencial para alterar el balance estratégico en el Caribe y el norte de Sudamérica. Bajo esta lógica, el criterio decisivo ya no es la legitimidad interna del régimen, sino su alineamiento externo.
Conviene subrayar una diferencia que a menudo se pierde en el debate público. Los cambios de régimen impulsados por el neoconservadurismo —Irak, Afganistán, Libia o Siria— respondieron a una lógica ideológica: exportar modelos políticos, rediseñar sociedades y reconstruir Estados. El resultado es conocido: Estados fallidos, conflictos prolongados y un desgaste considerable del poder estadounidense y de sus aliados.
El enfoque actual es distinto. No apunta a la democratización ni al nation-building, sino a la gestión del entorno estratégico. Más que un cambio de régimen clásico, lo que se observa es un intento de administración del escenario posterior, con objetivos limitados: neutralizar amenazas, reordenar alineamientos y asegurar intereses considerados vitales. No hay promesas de transformación política profunda ni de reconstrucción institucional integral.
Este matiz resulta clave para comprender por qué Venezuela es hoy vulnerable a una intervención que habría sido impensable en el apogeo del chavismo. El desgaste interno del régimen es un factor determinante. Tras años de crisis económica, fragmentación de élites, pérdida de apoyo social y erosión de la legitimidad efectiva, el sistema dejó de ser políticamente compacto. Estados Unidos no derribó una estructura sólida; actuó sobre un entramado debilitado desde dentro.
El contexto internacional amplifica esta dinámica. El sistema mundial atraviesa una fase de transición marcada por convulsiones recurrentes, conflictos regionales y un debilitamiento progresivo de los mecanismos de gobernanza global. El ascenso económico de China, la reemergencia militar de Rusia y la fragmentación del orden financiero internacional han reducido el margen de maniobra estadounidense, sin eliminar su capacidad de influencia.
El final de la Guerra Fría dio lugar a lo que se denominó el momento unipolar, una etapa en la que Estados Unidos concentró capacidades políticas, militares y económicas sin precedentes. Esa posición alimentó la expectativa de una hegemonía capaz de proyectarse de manera sostenida y de estructurar el sistema internacional durante buena parte del siglo XXI. Sin embargo, la sobreextensión derivada de esa ambición —expresada en intervenciones sucesivas y en la dispersión de recursos en múltiples escenarios— no consolidó ese objetivo. Por el contrario, abrió espacios de influencia para competidores estratégicos incluso en áreas consideradas prioritarias.
Como advertía el gran estadista austríaco del siglo XIX, Klemens von Metternich, “la política es la ciencia de los intereses vitales de los Estados”. Ignorar esta premisa conduce a errores de cálculo. Asumirla permite comprender por qué las potencias actúan como actúan y por qué, en períodos de transición sistémica, el margen de error se reduce de manera significativa.
En este escenario, el retorno explícito a una lógica de equilibrio de poder no constituye una anomalía histórica. Sin embargo, los sistemas multipolares no se autorregulan. Requieren estadistas capaces de ejercer el poder con frialdad, visión y contención. El mayor riesgo de esta etapa no es la ambición de las grandes potencias, sino el error de cálculo, la sobrerreacción o la incapacidad de establecer límites tácitos que eviten choques directos.
Aquí emerge un elemento a menudo subestimado: la dimensión energética y monetaria del poder. El control preferencial de recursos estratégicos no es solo una cuestión económica, sino un pilar del orden sistémico. En un contexto de elevado endeudamiento estadounidense, pérdida relativa de competitividad industrial frente a China y desafíos en otros teatros, asegurar el acceso a los mayores reservorios petroleros del hemisferio adquiere una relevancia que trasciende a Venezuela como país.
El petróleo sigue siendo un componente central de la arquitectura financiera internacional. Reforzar la posición energética contribuye indirectamente a sostener el rol del dólar en un sistema donde su condición de moneda de reserva ya no es incuestionable, sino crecientemente disputada. En ese sentido, Venezuela funciona menos como un botín coyuntural y más como un ancla estratégica.
El mensaje que deja esta intervención es inequívoco. Estados Unidos puede haber perdido la hegemonía incontestada, pero conserva la capacidad —y la voluntad— de impedir la consolidación de órdenes alternativos hostiles en su entorno inmediato. Para América Latina, esto implica que los alineamientos vuelven a tener costos visibles.
Para el sistema internacional en su conjunto, el episodio venezolano confirma el cierre de una etapa. Las grandes potencias ya no se ocultan detrás de ficciones normativas. Actúan como lo han hecho históricamente: administrando poder, delimitando espacios y priorizando estabilidad.
Queda, sin embargo, una incógnita decisiva. No está claro si esta política responde a una estrategia de largo aliento o a una secuencia de movimientos tácticos. En geopolítica, no es lo mismo jugar al póker que al ajedrez: el primero admite el farol y la retirada; el segundo asume desde el inicio que habrá piezas sacrificadas y costos inevitables. La cuestión no es si Estados Unidos puede imponer hechos consumados en su entorno inmediato, sino hasta qué punto su liderazgo político está dispuesto —y es capaz— de sostener el juego estratégico cuando el tablero se complique y el precio del poder deje de ser abstracto.
*Analista amosop@hotmail.com
@PalominoAmos