Groenlandia y la ilusión del control: recursos, poder real y geopolítica del Ártico

DESAFÍOS DEL ORDEN MUNDIAL

columnista invitado global

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AMOS OLVERA PALOMINO

Groenlandia volvió al centro del discurso estratégico occidental envuelta en un tono grandilocuente: amenazas veladas, desplantes diplomáticos y una narrativa que sugiere una carrera urgente por el control del Ártico. Sin embargo, detrás del ruido hay una realidad menos épica y mucho más reveladora. Estados Unidos no se prepara para “tomar” Groenlandia, ni por la fuerza ni mediante una transacción histórica. Lo que busca es algo más pragmático: asegurar acceso privilegiado a los recursos naturales del Ártico y condicionar el reparto futuro de un espacio que ya no es promesa, sino competencia abierta.

El deshielo progresivo ha convertido al Ártico en una frontera económica tangible. Hidrocarburos, minerales estratégicos, tierras raras y nuevas rutas marítimas configuran un tablero donde no basta con presencia simbólica. En este contexto, Groenlandia aparece como una pieza clave, no por su valor militar inmediato, sino por su potencial como plataforma de acceso y control económico sobre una parte significativa del Alto Norte.

Pero aquí conviene separar retórica de realidad.

En términos estrictamente estratégicos, Estados Unidos compite en el Ártico desde una posición de desventaja estructural frente a Rusia. Moscú no necesita gestos espectaculares: tiene geografía, continuidad territorial, infraestructura heredada y modernizada, y la mayor flota de rompehielos del mundo, incluidos buques de propulsión nuclear capaces de operar todo el año. El Ártico ruso no es una aspiración; es una extensión funcional del Estado.

Washington, en cambio, carece de esa profundidad material. Su capacidad de operación sostenida en el Ártico es limitada, su flota polar es insuficiente y su infraestructura es fragmentaria. Frente a esta brecha, lo que observamos no es una estrategia integral para disputar el control del Ártico, sino una combinación de presión política, retórica maximalista y espectáculo de poder destinada a compensar una inferioridad objetiva.

Aquí es donde la idea de “poseer” Groenlandia cobra sentido político, aunque no estratégico. No se trata de una conquista clásica ni de una anexión necesaria. Estados Unidos ya tiene acceso militar a Groenlandia mediante acuerdos con Dinamarca. Puede reforzar bases, desplegar sistemas de vigilancia y operar en la región sin alterar formalmente la soberanía. La diferencia entre acceso y propiedad es, en los hechos, marginal desde el punto de vista militar.

Entonces, ¿por qué insistir?

Porque la verdadera apuesta no es militar, sino geoeconómica. Controlar la influencia sobre Groenlandia permitiría a Washington asegurarse una posición dominante en la futura explotación de recursos: condicionar licencias, orientar inversiones, bloquear competidores y consolidar un eje de acceso a minerales críticos y posibles reservas de hidrocarburos, tanto en la isla como en áreas circundantes del Ártico occidental. Es una lógica de control indirecto, más cercana al imperialismo económico que a la ocupación territorial.

Desde esta perspectiva, Groenlandia funciona como instrumento, no como objetivo final. La retórica de anexión cumple una función clara: presionar a Dinamarca, disciplinar a Europa y enviar un mensaje inequívoco a aliados y rivales por igual. El mensaje es simple: quien aspire a beneficiarse del Ártico deberá hacerlo bajo condiciones fijadas por Estados Unidos.

Europa, previsiblemente, responde con ambigüedad. Envía contingentes simbólicos, emite declaraciones formales sobre soberanía y evita cualquier confrontación real. No porque tema una invasión inminente, sino porque reconoce su propia irrelevancia estratégica en este terreno. La OTAN, atrapada entre su discurso normativo y la asimetría de poder interna, observa en silencio.

Mientras tanto, Rusia no necesita reaccionar de forma ostensible. La Ruta Marítima del Norte, las bases árticas y la capacidad logística ya están ahí. Controlar Groenlandia no alteraría sustancialmente esa realidad. Las rutas clave del comercio polar discurren bajo influencia rusa, y la ventaja acumulada durante décadas no se neutraliza con amenazas ni con titulares.

Aquí emerge una lección clásica del realismo: el poder no se proclama, se ejerce. En el Ártico, no manda quien amenaza, sino quien puede operar cuando el hielo no perdona. No manda quien invoca la soberanía, sino quien posee rompehielos, puertos funcionales, aeródromos y capacidad de permanencia.

En última instancia, la crisis de Groenlandia es más discursiva que material. No anticipa una guerra en el Ártico, pero sí expone las contradicciones del orden occidental: el uso selectivo del derecho internacional, la soberanía defendida solo cuando conviene y una Europa reducida al papel de espectadora en una región que afecta directamente a su futuro.

Groenlandia no es el Ártico. Es el escenario donde se representa una tensión más profunda: la brecha entre la imagen de hegemonía y la realidad del poder. El reparto del Ártico no se decidirá por compras territoriales ni por declaraciones grandilocuentes, sino por una acumulación paciente de capacidad material.

Y en ese tablero, al menos por ahora, la correlación de fuerzas ya está escrita en el hielo

Amos Olvera Palomino 

*Analista amosop@hotmail.com

 @PalominoAmos