El giro electoral colombiano sella el declive de la izquierda regional

Por Victoria Murrieta Mosri*

Hace cuatro años, Colombia decidió apostarle a un proyecto político de izquierda por primera vez en su historia reciente; hoy, un electorado arrepentido mete la marcha atrás y busca resultados contundentes con el polo opuesto: la extrema derecha. 

Después de una primera vuelta con más de una decena de candidatos, los colombianos acudieron a las urnas el domingo pasado para elegir a su siguiente presidente entre los dos primeros lugares de los comicios de mayo. Las opciones fueron Iván Cepeda, el candidato del oficialismo y el rostro de la izquierda progresista, y Abelardo de la Espriella, quien habría logrado el primer lugar en primera vuelta, siendo un outsider y considerado como de extrema derecha.

En otras palabras, Colombia tuvo que elegir entre Cepeda —hijo de comunistas y admirador de Hugo Chávez, a quien ha llamado “el arquitecto de un nuevo orden en nuestro continente”— y El Tigre De la Espriella, un abogado litigante sin trayectoria política que promete orden e “imponer mano dura como nunca antes se ha visto”.

Los liderazgos tradicionales no lograron leer el pulso social. Al postular a Cepeda, la izquierda oficialista optó por profundizar su agenda ideológica en lugar de moderarse, bajo la premisa de que el país había girado estructuralmente hacia la izquierda tras una sola elección presidencial. Por su parte, la derecha tradicional encabezada por Álvaro Uribe intentó ampliar su alcance con una fórmula entre Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo, combinando sectores conservadores y moderados. El resultado fue contraproducente: desmovilizó a parte de su base histórica sin convencer plenamente al electorado de centro. 

Ante el panorama electoral, el gobierno actual ha optado por la confrontación. Tras conocerse los resultados preliminares, tanto el presidente Gustavo Petro como el candidato Iván Cepeda no han reconocido la derrota y se mantienen a la espera del escrutinio final. Cabe destacar que el voto de los colombianos en el extranjero resultó clave para consolidar la ventaja de Abelardo de la Espriella: de la diferencia de aproximadamente 250 mil votos a su  favor, cerca de 180 mil provienen de las mesas en los consulados.

Una situación similar se vive en el conteo de la segunda vuelta en Perú, donde Keiko Fujimori mantiene una estrecha ventaja de alrededor de 40 mil votos impulsada también por el voto en el exterior. Frente a esto, el candidato de izquierda solicita la invalidación de estas actas provenientes de los consulados, una medida que de prosperar le otorgaría la victoria. Ambos escenarios evidencian una preocupante paradoja: los liderazgos y proyectos de izquierda prefieren desafiar los mecanismos de la misma democracia que los llevó al poder, e invalidar el sufragio de sus ciudadanos, antes que admitir la derrota en las urnas o analizar las fallas de sus propuestas políticas. 

Con la victoria de Abelardo de la Espriella, Colombia se une a una tendencia regional de priorizar la seguridad y la economía antes que la ideología. La gran apuesta de Gustavo Petro fue la “paz total”, una ambiciosa política que buscaba negociar en simultáneo con ocho grupos armados diferentes. Sin embargo, el plan fracasó en la práctica: las concesiones del gobierno permitieron que las organizaciones criminales aumentaran su control territorial, desatando una ola de delincuencia urbana, extorsiones, secuestros y ataques directos a la población civil. El deterioro de la seguridad llegó al extremo con el asesinato de un precandidato presidencial, algo que no ocurría desde hace más de 30 años. Económicamente, la inestabilidad ahuyentó la inversión y disparó la informalidad, consolidando el colapso de la agenda gubernamental.

La jornada del 21 de junio no fue sólo un referéndum sobre el gobierno actual, sino un momento decisivo en el reacomodo ideológico de América Latina. La victoria de Abelardo de la Espriella consolida la llamada “ola celeste” en la región, donde la derecha ha logrado imponerse en la mayoría de las últimas elecciones desde 2023. La tendencia pondrá a prueba su fuerza en las siguientes semanas cuando finalice el conteo final de las elecciones en Perú y continuará marcando el pulso político rumbo a las presidenciales de Brasil en octubre. Más allá del resultado inmediato, Colombia podría convertirse en el símbolo de un cambio regional más profundo: un electorado que, frente al desgaste de los proyectos progresistas, prioriza orden, seguridad y resultados concretos sobre las grandes promesas ideológicas.

*Analista de política internacional