Una estrategia regional proactiva y urgente para hacer frente a la amenaza de El Niño

Por Muhammad Ibrahim*

La variante extrema del fenómeno de El Niño que prevén pronósticos meteorológicos internacionales sumada a la crisis mundial de fertilizantes plantea una doble amenaza para las economías rurales, la estabilidad social y la producción agrícola en América Latina y el Caribe, región fundamental para la seguridad alimentaria mundial.

Ya por separado, ambos factores plantean enormes desafíos para la agricultura regional. Combinados, podrían convertirse en una tormenta perfecta para millones de productores, afectando la seguridad alimentaria en no pocas naciones.

Los pronósticos indican una alta probabilidad de desarrollo de El Niño este año, con efectos potencialmente desiguales: lluvias intensas e inundaciones en algunas regiones; sequías prolongadas y estrés hídrico en otras. La preocupación común es la incertidumbre respecto a la posible mayor intensidad del fenómeno.

En el Cono Sur, especialmente en Argentina y Brasil, algunas regiones podrían beneficiarse de un aumento de las precipitaciones y una recuperación en el rendimiento de los cultivos. En América Central, el Caribe y el norte de América del Sur, el panorama es menos favorable. 

Allí, el riesgo de rendimientos menores y pérdida de cosechas, disminución de la productividad ganadera, perturbaciones en los mercados agrícolas y fuertes aumentos en los precios de los alimentos es significativo, lo que puede llevar a un deterioro de la seguridad alimentaria y a que productores y consumidores deban afrontar costos millonarios. Éstos no son peligros potenciales; la historia reciente los avala.

Estos impactos, particularmente en las zonas rurales, suelen ir seguidos de endeudamiento, migración y deterioro nutricional.

Para los productores agrícolas, especialmente los pequeños y medianos, la incertidumbre climática dificulta decidir qué sembrar, cuánto invertir o qué nivel de fertilización aplicar. Y cuando los fertilizantes se encarecen o escasean, muchos optan por reducir las dosis, disminuir la superficie sembrada o cambiar a cultivos menos exigentes, con efectos inmediatos y negativos en los rendimientos y la producción.

A diferencia del pasado, ahora es posible anticipar la ocurrencia, los impactos y las consecuencias de fenómenos climáticos como El Niño —o su contraparte, La Niña—.

Hoy en día, es injustificable actuar sólo sobre las consecuencias y limitarse a reaccionar cuando la sequía está avanzada, se producen inundaciones, se pierden cosechas o suben los precios. Debemos actuar antes para minimizar los impactos negativos.

Por todas estas razones, ha llegado el momento de avanzar hacia una estrategia regional proactiva. Es imperativo promover un amplio diálogo hemisférico sobre la resiliencia agroalimentaria que reúna a gobiernos, organizaciones internacionales, productores, al sector financiero, al mundo académico y al sector privado en torno a una agenda común: desarrollar capacidades de anticipación para proteger tanto la producción agrícola como la vida en las zonas rurales.

*Director general del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA).