Por Pablo Reyes
La poesía sirve para muchas cosas. Algunas de ellas extrañas. Piensen por ejemplo en unos mosquitos flotando en una copa de vino frente a un bebedor, quien decide apurar la copa razonando que, al beber también a los mosquitos, está ingiriendo el vino que los ahogó.
En la historia de la literatura, este hecho tabernario es la piedra fundante de una sofisticada tradición de ingenio, erotismo y sátira. El ejemplo más célebre en lengua española es por supuesto el soneto de Francisco de Quevedo que aconseja “Bebe vino precioso con mosquitos dentro”, una poema que, lejos de ser una ocurrencia aislada de taberna, supuso la relectura y la subversión de una larga tradición poética europea.
La tradición de escribir poemas de insectos ahogados en vino, o ebrios en el pecho de doncellas, nació en la antigua Grecia. En los epigramas eróticos de la Antología Palatina, el mosquito aparece como un aliado del deseo, un mensajero alado al que los amantes pedían colarse en los lechos de las damas para susurrarles secretos. Durante el Renacimiento tardío, esta idea derivó en Italia y Francia en una corriente marcadamente erótica y conceptual.
Poetas como el italiano Gian Francesco Maia Materdona escribieron en el siglo XVII poemas sobre la profunda “envidia” hacia los dípteros. En sus versos, el mosquito era un ser dichoso porque lograba posarse en el pecho de la mujer amada, morder su piel y embriagarse con el licor de su sangre, encontrando una muerte gloriosa al ser aplastado por la propia dama, tal como expresaba Materdona en su soneto A un mosquito: “Tú picas el pecho, y en ese licor destila tu sed cruel/ y en el bello pecho estrecho encuentras la tumba/ y en el feliz efecto mueres de alegría”.
La gran novedad picaresca de Francisco de Quevedo consistió en retomar esa tradición y darle ese famoso giro tabernario. El poeta madrileño alteró los elementos clave de esa genealogía: sustituyó el sagrado pecho de la ninfa por una jarra de vino común y transformó al amante alado en un borracho de cantina. Para justificar la fijación del insecto por el alcohol, recurrió a la tradición de las fábulas de herencia esópica, donde los mosquitos preferían morir ahogados en el alcohol antes que vivir una existencia sobria en el agua clara, un concepto que él mismo ensayó en su romance El mosquito y la rana: “Dijo a la rana el mosquito desde una tinaja/ mejor es morir en el vino, que vivir en el agua”.
El ingenio de Quevedo sorprende además por la creación de neologismos y en el remate del poema. Al notar que el insecto busca el mosto como la mariposa busca el fuego, acuñó el término “marivinos”.
El desenlace del soneto marcó la ruptura definitiva con el modelo renacentista. Mientras que en los poemas italianos y franceses el insecto encontraba su sepultura en el seno femenino, Quevedo decidió que la tumba del mosquito sería su propio gaznate. Al descubrir al bicho flotando en el vino, el autor opta por tragárselos, no por un elevado misticismo, sino por una venganza económica y campechana: recuperar el trago que el intruso ya se había bebido primero. A través de este giro, la literatura barroca demostró que las estructuras de la poesía clásica podían ser subvertidas mediante el humor, transformando un accidente de bodega en una lección satírica.
Vale la pena recordar también aquellos misteriosos versos de Rubén Darío en el poema Filosofía, uno de los textos fundantes del modernismo: “Lanza en tu vaso de oro ¡Oh mi alma! La rosa…/ y tú, mosca de Baco, ¡vuela por la ventana abierta!”.
Escribir poemas sobre insectos ahogados en el vino forma parte entonces de una venerable y larguísima tradición, con raíces al menos en la antigüedad griega, que atraviesa el renacimiento francés e italiano y que produce en el Siglo de Oro español el insuperable soneto de Quevedo. Pero el tema atraviesa los siglos y lo que sirvió como un artilugio de seducción en el Renacimiento, como desafío tabernario en el Siglo de Oro, y también como alegoría modernista, sirve para que, en la segunda mitad del siglo XX, la poesía pueda expresar la aspereza de la vida moderna.
Charles Bukowski, el agreste poeta estadunidense que hizo de la marginalidad y el vicio sus temas centrales, escribe en 1977: “Una mosca flota boca arriba/ en mi tercera copa de vino barato/ está perfectamente quieta, pienso en sacarla con el dedo/ pero decido dejarla allí: ella llegó primero/ y probablemente lo necesitaba más que yo”.
