Por Pablo Reyes
Es difícil imaginar hoy cómo será el mundo forjado por la inteligencia artificial en los próximos, pocos años. Difícil para nosotros, pero no para Jorge Luis Borges, quien, sentado en su biblioteca en una esquina distante del mundo, visualizó universos en donde la lógica ordenaba la realidad. En donde el silogismo tiene la supremacía sobre las emociones y la vida de todos los días.
Alrededor de los 40 años de edad, Borges leyó un libro fundamental para su literatura: Mathematics and the Imagination, de Edward Kasner y James Newman. El libro destaca por la didáctica con la que explica nociones matemáticas complejas, especialmente de teoría de conjuntos, en donde la noción de infinito lleva a resultados contraintuitivos, paradójicos, como los acertijos de Zenón de Elea alrededor de Aquiles, la tortuga y la saeta que nunca llega al blanco.
El libro de Kasner y Newman está detrás de muchas de las ficciones más famosas de Borges: la densidad infinita de los números reales se encuentra en El Aleph, que es el punto en donde se encuentran todos los puntos, como en internet; la combinatoria subyace en el diseño de La Biblioteca de Babel; la continuidad de la recta real, que ya intuía Zenón de Elea, parapeta a las ficciones borgianas de El Libro de Arena.
Georg Cantor, el creador de la teoría de conjuntos, acabó enloquecido, quizá demente por las contradicciones que implica la noción de infinito, el cual puede ser de distintos tamaños, y puede numerarse o no numerarse. Kasner y Newman lograron una didáctica de Cantor, y el genio de Borges transformó esa didáctica en una literatura que transformó a la ficción occidental.
Funes el Memorioso y El Zahir son cuentos escritos bajo la premisa de tomar literalmente la acepción de la palabra “inolvidable”. Algo que nunca se puede olvidar, en ningún instante (El Zahir); o alguien que no puede olvidar nada de lo que ha experimentado (Funes…”). La inteligencia artificial se alimenta de todo lo que ha sido dicho, escrito o imputado en ese Aleph y Biblioteca de Babel, que es el internet, y la Big Data no olvida nunca y está siempre latente en la memoria como Funes... y El Zahir.
La inteligencia artificial ya permite crear clones virtuales, algoritmos alimentados por todo lo que uno hace, escribe, siente y es. Es ya posible crear un “yo” de inteligencia artificial capaz de espejear nuestro Ser. Ese yo artificial puede a su vez dialogar y crear resultados lógicos en interacción con otros yo artificiales. Cuando nuestro yo físico desaparezca, nuestro yo artificial seguirá conviviendo con los yo de otros muertos en un mundo de inteligencia artificial eterno, para siempre independientemente del mundo físico. Esos yo perennes construirán laberintos inútiles, prolongarán el tedio del silogismo infinito, insensibles ya al paso del tiempo y la sensibilidad, como los trogloditas homéricos en el cuento El Inmortal de Borges.
Borges supo en ese cuento que la anhelada inmortalidad sería un castigo en los humanos, que el tedio, la ausencia de un fin, y la repetición infinita, acabarían deshumanizando al Ser. Por eso la inmortalidad es posible únicamente para un “yo” artificial, de inmanencia pura. Nuestro gemelo digital reducido a un algoritmo personal hecho de racionalidad y silogismo, e incapaz de plantearse la pregunta sobre el propósito o el fin de la existencia.
Crear un yo de inteligencia artificial forma parte de una larga tradición, es el sueño humano de encontrar la combinación de letras y oraciones que lleven al último de los conjuros, el que permita crear vida a partir de materia inerte. Borges escribe un largo poema El Gólem”, trasladando a versos la trama de la fábula de Judah Loew, rabino de Praga, quien tras ensayar combinatoria de palabras logró despertar a un monigote inerte a la vida. Tal y como los yo de inteligencia artificial son convocados a la existencia mediante el algoritmo adecuado.
Pierre Menard escribe el Quijote palabra por palabra de forma idéntica al de Cervantes, pero el texto resultante es totalmente distinto. El mundo ha cambiado, y con ella el libro de las aventuras de Alonso Quijano ha mudado también. Cuando una aplicación de inteligencia artificial genera un texto idéntico a un estilo humano, se abre el debate borgeano: ¿Quién es el autor? ¿El algoritmo, el creador del código, o el usuario que introdujo las instrucciones (prompt)? Borges intuyó que el significado de un texto no depende de quién lo escribe, sino de la lectura y el contexto.
Borges intuyó que la evolución del saber humano llevaría a planos unidimensionales en donde viviríamos artificialmente nuestra existencia. Que alcanzaríamos la eternidad soporífera sólo en el nivel de entes lógicos que confunden existir con vivir. Que un día todo lo que hacemos quedaría registrado y que no se olvidaría en instante alguno. Que sería difícil saber la verdad, pues todos podemos ser sus autores. Borges supo imaginar esa terrible realidad, pero también escribió poesía.
