Turbulencias

El covid se resiste, no se va. Por más que quieran minimizarlo, sigue causando dolory sufrimiento. La espantosa invasión a Ucrania, que parece muy lejana en hechos bélicos,ha hecho estallar en mil añicos todo el sistema legal internacional. Se esfumó la seguridadque con tanto afán habíamos alcanzado y, para rematar cualquier atisbo de ella, los todavía ilesos mecanismos internacionales de poco han servido. Esa guerra está distribuyendo (válgaseme el término) no sólo hambre en los pueblos de las naciones en guerra, sino escasezy carestía en muchos otros más que están al margen de dicho conflicto.

Esta época no sólo ha sido, sigue siendo, de turbulencias múltiples, y la serenidad no está de moda. Como electrones, rebotamos de la depresión a la tristeza y, en consecuencia, casi nos hemos olvidado de la alegría.

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Lamentablemente, no es asunto de un país, de una edad o de un género. Según estadísticas mundiales, la gente vive sin esperanza. Se nos acabó el sueño del ¡sí se puede, del todo está en ti, del échale ganas!

El covid se resiste, no se va. Por más que quieran minimizarlo, sigue causando dolor y sufrimiento. La espantosa invasión a Ucrania, que parece muy lejana en hechos bélicos, ha hecho estallar en mil añicos todo el sistema legal internacional.

Se esfumó la seguridad que con tanto afán habíamos alcanzado y, para rematar cualquier atisbo de ella, los todavía ilesos mecanismos internacionales de poco han servido. Esa guerra está distribuyendo (válgaseme el término) no sólo hambre en los pueblos de las naciones en guerra, sino escasez y carestía en muchos otros más que están al margen de dicho conflicto.

Por si algo faltara a tan devastador coctel, tumbos y saltos da la economía, lanzándonos sin piedad a las fauces de la inflación y en un perverso bajo o nulo crecimiento que auguran tiempos de ¡¡¡vacas raquíticas!!! La cruel inopia se apodera vertiginosamente de quienes, día a día, se afanan por tener siquiera algo que comer. Sí, se trata ni más ni menos de las más pobres de los pobres, que bien sabemos que, en su mayoría, son mujeres.

En medio de estos horrores, irrumpen, muy ufanos, orondos, los locos, prepotentes y psicópatas jurando arreglar el desastre con palabras mágicas Bíbidi Bábidi Bu, y ya tenemos el mundo que el señor quiere... Y para hacernos desesperar, allá va con su banda de mercachifles dispuestos a jurarle lealtad eterna.

No sólo vivir, sino sobrevivir en tanta turbulencia, dificulta vislumbrar una salida; pero, no hay tiempo, urge encontrar nuevamente el rumbo de la palabra sensata, de la inteligencia respetuosa y constructiva. ¡De las mujeres y hombres que fincan su vida en el bien hacer, para crear bienestar a las y los demás!

La desigualdad nunca ha sido redituable. Por qué las migraciones; por qué los robos; por qué la polarización; por qué la discriminación... Por qué.

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“—El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio (IX).

“Sea como cielo o infierno, la ciudad siempre será la tentación del viajero: esta relación del viajero con las ciudades que visita y de las que posteriormente habla, ese deseo de conocer al otro a través de su espacio, no hace más que definir la esencia misma del yo que cada viajero lleva dentro. Tal vez ese deseo por transitar la ciudad es otra manera de tratar de conocernos a nosotros mismos a través de sus calles, es ese deambular por la urbe lo que nos permite ser espectadores de la vida del otro, con lo cual reflexionamos acerca de nuestra propia existencia” (Las ciudades invisibles, Italo Calvino).

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