Detenernos en las palabras. Si queremos un buen y robusto sistema de cuidados, el lenguaje hace acto de presencia. Insultos, agravios, ofensas, están fuera de lugar. Calificativos despectivos, injuriosos y pronunciados con mala voluntad, bloquean la armonía necesaria entre quienes cuidan y quienes son cuidados.
Nuestras palabras pueden reconocer la dignidad de las personas o atentar contra ella. Cuidar es una tarea cotidiana, una obligación y un beneficio. Todas y todos debemos cuidarnos y cuidar. Hoy, propuesta feminista a fin de alcanzar la igualdad de derechos y la libertad para elegir el rumbo de nuestra vida, según las propias opciones. El cuidado es ya un problema público y debe garantizarse como un derecho.
Crear un sistema de cuidados con calidad implica muchos recursos humanos, materiales, financieros. Pocas veces, sin embrago, caemos en cuenta de qué tan amplio y profundo puede y debe ser ese sistema. Amplio porque abarca desde nuestras actitudes hasta nuestras palabras. Profundo, porque permite aflorar sentimientos escondidos en pasados turbulentos, en presentes opresores, en futuros inimaginables y terribles.
Detenernos en las palabras. Si queremos un buen y robusto sistema de cuidados, el lenguaje hace acto de presencia. Insultos, agravios, ofensas, están fuera de lugar. Calificativos despectivos, injuriosos y pronunciados con mala voluntad, bloquean la armonía necesaria entre quienes cuidan y quienes son cuidados.
Las palabras tienen poder. No es magia, es convocatoria. Templanza ante la adversidad, hablar a tiempo, expresar reconocimiento, callar hasta el momento oportuno. Durante los procesos de cuidado son esenciales las palabras justas, no las mentiras pegajosas. Al valorar los resultados, la miel edulcorada de los diminutivos y la simulada familiaridad, salen sobrando. Palabra de honor.
Si es cierto que las personas hablan en función de sus ideas y piensan de acuerdo con su lenguaje, estando además el lenguaje muy relacionado con la propia concepción del mundo, ¿qué dice el de una autoridad que agrede por incomodidad ante una verdad? Hay lenguajes que sirven para pensar y construir. Ésos son los que sirven para cuidar (entre ello, la propia dignidad).
El cuidado y el lenguaje del cuidado son responsabilidad de todas y todos. Hay que reconocerlo, enseñarlo, construirlo y refinarlo. Es ya un imperativo que la clase política lo utilice de manera responsable. Es en ese espacio donde tiene un impacto directo en las percepciones, las actitudes y la cohesión social. Apelar a la ética del cuidado.
Llamar buitres, carroñeros y otros apelativos a periodistas que informaron sobre el terrible accidente del Tren Interoceánico, es violencia y recuerda los elementos que aporta Foucault para neutralizar (prohibir) los discursos: “No se puede decir todo, no se lo puede decir en cualquier momento y tampoco puede ser cualquiera el que lo dice”. ¿Qué mejor forma para empequeñecer la tragedia que voltear a otro lado? Silenciar lo sucedido no lo modifica. La memoria es corta, pero no tanto como para olvidar la tragedia. El lenguaje del poder nunca es neutro; siempre implica una responsabilidad.
“Un lenguaje responsable es aquel que no promete lo que no puede cumplir, que no simplifica en exceso problemas complejos y que no utiliza eufemismos para ocultar decisiones difíciles”.
(https://concienciapublica.com.mx/2025/12/21/el-discurso-tambien-gobierna-el-lenguaje-del-poder-y-su-responsabilidad/ ).
Los discursos también hacen pedagogía. Puede ser que esas prácticas, como el nepotismo que tanto han criticado, pero con el que topamos en cada esquina, sigan propiciando tragedias. Lo que se dijo sobre el “supervisor honorífico” han intentado borrarlo. Por algo será.
La responsabilidad con el lenguaje implica coherencia. Si queremos un buen Sistema Nacional de Cuidados, iniciemos con el lenguaje, que no cuesta y traerá beneficios. No olvidemos a las Madres Buscadoras, merecen la pronta atención desde el lenguaje de la PresidentA, hasta espacios de contención para tanto dolor y abandono.
Abrazo a las y los venezolanos, quienes deben ser protagonistas de su historia.
