Pactos de odio

Debía serenar a su audiencia. Como disco rayado, repitió: Soberanía (significa impunidad para machuchones) y colaboración sin sumisión. Luego, sin poner énfasis, dijo: “No hay por qué preocuparse, el Déspota está tranquilo. Nuestra conversación fue muy cordial”. Omap e Iván, al escucharla, pensaron que no había escapatoria, tenía que mentir con su muy ensayada sonrisa. Era buena actriz.

A la manera de Caridad Bravo Adams en Bodas de odio (por el encanto con los 60, 70) y nacida en Tabasco de padres cubanos, a más de declarar: “Escribo para llegar al pueblo”.

“Doña Perpetua INEscrupulosa sonrió con exquisita coquetería, acercándose más al micrófono y lo envolvió con sus manos, lanzando una mirada a los aplaudidores.

Era una mañana de invierno y se hallaba en el gran Salón de los Caudales, un tanto descuidado y sombrío, de ese maravilloso Palacio Virreinal, en el que parecía que el tiempo se había quedado dormido. El cielo, parcialmente nublado y el ambiente frío en el salón.

Ella y el Déspota (cínico y egoísta) se respetaban; sabían que Manuelovich nunca consentiría en que su relación enturbiara el poder que él tiene sobre ella. El Déspota era el hombre más poderoso de la Tierra y Manuelovich, escondido en su rancho, temblaba de miedo y recelaba de su lealtad.

El Déspota, a veces la elogiaba y al siguiente día, exigía una prueba de lealtad, con malos modos y mucha altanería. En la última ocasión, Omap, un valiente servidor, escuchó el reclamo y palideció. Hombre prudente, guardó sus palabras. Junto a ella estaba el impecable Iván, que, al oír al Déspota, atinó a murmurar: “Eso es imposible! Si acatamos lo de tangibles, demos por perdido al partido”.

Debía serenar a su audiencia. Como disco rayado, repitió: Soberanía (significa impunidad para machuchones) y colaboración sin sumisión. Luego, sin poner énfasis, dijo: “No hay por qué preocuparse, el Déspota está tranquilo. Nuestra conversación fue muy cordial”. Omap e Iván, al escucharla, pensaron que no había escapatoria, tenía que mentir con su muy ensayada sonrisa. Era buena actriz.

Una vez concluida la ingrata tarea, se encaminó a su despacho privado. Ahí, con su intrigoso asesor, comentó que salió bien del asunto porque la gente olvidaría el descarrilamiento del tren, donde murieron 14 personas y estaban involucrados muchos de los cercanos a Manuelovich.

— Ya les indemnizamos para que no denuncien, pero algunos insisten en que no es dinero, sino justicia.

— Acusa a los abogados de carroñeros, de que quieren sacarle raja al asunto. Insisten las de los refugios en verte. Ya te espera Pablovich, el soberbio.

— A esas politiqueras, mándalas con Natasha para que las canse. Que pase Pablovich. Gracias.

— Buen día, estimada señora. La veo un tanto desmejorada, ¿qué sucede?

— Ay, los familiares de los fallecidos interponiendo denuncias. Es su derecho, pero ya los estamos indemnizando. ¿Qué novedades hay?

— No le va a agradar. Los aliados están creyéndose iguales y no quieren ceder. Hablé con sus líderes, pero no hay modo. Quieren las pluris. Me fastidian sus pretensiones.

A ella se le ensombreció el semblante. Sospechaba que “había gato encerrado” y eso la disgustó.

— Bien, yo me encargo. Gracias. Buen día.

Molesta, reflexiva, se acercó a la ventana. Pensó: Estoy segura que Manuelovich los está azuzando. Está molesto por la llamada con el Déspota. Eso le hace temer que cederé a sus reclamos. No sucederá jamás. A esos aliados habrá que maicearlos, como dice. Tendré que hablar con los hipócritas de Igor y Alexei, para que, además, les ofrezcan impunidad y voten a favor. Pero, ¿cómo hacer que Manuelovich se tranquilice?

Su rostro se ensombreció por un instante, como si un recuerdo desagradable cruzara por su mente. Luego, sacudió la cabeza y sonrió. Tuvo una idea. Al día siguiente, anunció:

— “Por cierto, vamos a traer a Pepinovich porque se tiene que garantizar el derecho de las audiencias, que ya se cambió la ley para eso, para garantizar el derecho a la información, que es constitucional”.

Doblegar a los medios de comunicación. Censurarlos, como intentó su mentor. “Él tiene razón, son una peste capaz de infectar mi impoluto gobierno”. El frío calaba hasta los huesos de la libertad.