Las migrantes, otra realidad
Quienes piensan en migrantes, pocas veces le ponen cara de mujer. Ellas migran por las mismas razones que los hombres, sumando la violencia de género a las múltiples causas. Son expertas en lo que más requieren los lugares por donde transitan o donde termina su ...
Quienes piensan en migrantes, pocas veces le ponen cara de mujer. Ellas migran por las mismas razones que los hombres, sumando la violencia de género a las múltiples causas. Son expertas en lo que más requieren los lugares por donde transitan o donde termina su travesía (si llegan o si consiguen sobrevivir). Su expertise es el trabajo doméstico y de cuidado.
Los gobiernos de la región están muy poco inclinados a corresponsabilizarse de la reproducción de su ciudadanía. Las mujeres deben hacerse cargo; los hombres no quieren, y muchos ni pueden, asumir sus responsabilidades en estos quehaceres. Cuidar a las y los demás no es tarea fácil, implica tiempo y energía, empatía y solidaridad. En cuanto a las tareas domésticas, ahora muchas mujeres con mejor calificación educativa prefieren contratar a otras para librarse de la doble jornada.
Cuidado necesitamos todas y todos. Hay quienes lo requieren durante toda su vida; otras personas, en alguna etapa; las pequeñas y pequeños hasta los 18 años; las de la tercera edad, en algún momento y hasta su muerte; las que se consideran sanas y sanos, en muchos momentos después de los 18 años, por enfermedad, por accidentes y/o discapacidades temporales. Y quienes cuidan, también requieren de cuidados.
Hay familias que pueden contratar estos servicios; la gran mayoría, no. Y las mujeres de esas familias son las que se contratan en otro país. O sea, dejan a sus familias sin los cuidados necesarios para irse a ganar un salario que servirá para cubrir necesidades básicas de su propia familia.
Los cuidados y el trabajo doméstico han mostrado ser indispensables para el mantenimiento de la vida, la nutrición, la protección de la integridad de los cuerpos, el bienestar psicológico, la atención y el afecto. La pandemia pasada puso al descubierto esta centralidad para la producción y la reproducción de cualquier sociedad.
Hay una crisis de cuidados. No basta que las familias quieran ocuparse de las personas de la tercera edad; se requiere de personas capacitadas para una buena atención. Con las niñas y los niños sucede algo similar, se necesitan profesionales en cuidado y desarrollo infantil, y con las personas con diversidades funcionales, la cuestión es urgente. Requieren especialistas que se ocupen de su desarrollo para que, en la medida de lo posible, decidan y asuman su vida.
Muchas familias en Estados Unidos contratan mujeres migrantes para ocuparse de tareas de cuidado, y en muchos casos, contratan enfermeras, educadoras y especialistas en distintas áreas para atender a personas con diversidad funcional. Las pautas discriminatorias suman ahora, otra: ¿de qué país viene esa mujer? Y la respuesta incidirá en el salario y las condiciones de contratación. Las otras pautas para discriminar son el género y la raza.
A escala global, los cuidados circulan a través de la feminización de las migraciones y el establecimiento de cadenas globales de cuidado. Hay un corredor de México a Estados Unidos para satisfacer ese mercado. Se contratan para tareas de cuidado lo mismo médicas, enfermeras, fisioterapeutas y psicólogas, que no pueden ejercer, pues sus títulos no están convalidados. Ocupaciones inestables, informales y cuya remuneración no corresponde con su calificación ni con las responsabilidades asignadas.
El reconocimiento del cuidado como trabajo profesional, aun es bajo. Brasil ha incorporado la actividad de “cuidadoras profesionales”, para proteger derechos a quienes “cuidan bebés, niños y niñas, jóvenes, adultos y personas mayores a partir de objetivos establecidos por instituciones especializadas o responsables directos, velando por el bienestar, salud, alimentación, higiene personal, educación, cultura, recreación y ocio de la persona asistida”. Aquí, urge un Sistema Nacional de Cuidados.
