Fábula

Clara Scherer

Clara Scherer

Editorial

Desde años atrás, el gran elefante estaba furioso. Batía su larga trompa a diestra y siniestra, sin importar lo que arrase con ella. Corría enloquecido y aplastaba lo que por mala fortuna cruzase en su camino. Así desapareció a la “pequeña Venecia”. Árboles centenarios o montículos arenosos corrían la misma suerte. Sus congéneres, algunos aterrados, iban de acá para allá intentando protegerse. Otros, serenos, miraban el espectáculo desde diferentes atalayas, con sonrisas socarronas o prudencia filosófica.

Mientras, el zarigüeyo más famoso del rumbo, escondido en su madriguera, cada que enloquecía el elefante se hacía el muerto. Así estaba, cuando la gacela Thompson, la de cabeza fría, le gritó pidiendo auxilio. El elefante llegaría cerca de su lago y temía que acabara hasta con los escarabajos peloteros, repulsivos e indispensables para su reino.

Cerca del lago propiedad del bien común, una bella y majestuosa paloma limpiaba hacendosa, su espacio. Sabía controlar sus impulsos. La gacela, con cara de adusta águila, intentando amedrentarla le dijo, has traspasado los límites (de su escasa paciencia) y te castigaré. La paloma respondió: “No, te equivocas, estoy en mi zona y no he puesto ni una garrita en la que te corresponde”. La gacela, atarantada y rabiosa, corrió a la guarida del zarigüeyo por consejo. Hostígala más.

El furioso elefante tronó desde lo alto: esos escarabajos peloteros, coludidos con hienas y otros espantajos quieren apoderarse de mis dominios. Los destruiré, los haré polvo. El zarigüeyo temblaba y los cuatro pelos que le quedaban, se le erizaron. El miedo le recorría el cuerpo y no dejaba de temblar. Era cobarde, pero altanero. En susurros, envió a la gacela a buscar a las y los hienas. Ella, sumisa y obediente, fue por ellos. A tropezones, les dijo que eran necesarios y no se preocuparan, el elefante no los dañaría, el zarigüeyo los protegería.

El elefante en su loca carrera, cayó en un pantano. Entre más pataleó, más se hundió. Pero su furia no cesó y con su trompa alcanzó el lago a resguardo de la gacela. Los deshechos elaborados con tanto ahínco por los escarabajos brotaron y salpicaron a las hienas. El zarigüeyo les mandó mensajes, calma, aguanten, mañana será pasado. La culpable es la paloma, no lo olviden.

Como las hienas son matriarcales, la líder llegó presta a auxiliar a sus machitos. Pero antes, hubo un conciliábulo secreto en lugar lejano, fuera de la vista hasta de los escarabajos peloteros. El zarigüeyo intentó ordenar el desbarajuste. A la hiena jefa le ordenó hundir a la paloma y limpiar a sus hienas de toda mancha. La gacela, a danzar y seguir distrayendo la atención, con sentencias entre sofismas y slogans antiguos. Mucho humo.

La paloma buscó consejo de sabios y experimentados búhos, pulpos, delfines y uno que otro cuervo. Le recordaron la maniobra de la tenaza, la táctica del relámpago y la logística de la serenidad. Ella tomó nota y reacomodó sus plumas. Sócrates se hizo presente: sólo sé que no sé nada; lo mismo que Kant, la impaciencia es la debilidad del fuerte.

El elefante envió un mensaje rudo a la gacela: si no actúas (para salvarme), te hundirán mis huestes. Pobre gacela, su cabeza fría ardía y le consumía neuronas e ideas. Debía seguir el show. La paloma, serena, enfrentó las acusaciones y siguió con sus tareas y su alegría.

Dicen que los poderosos atacan por inseguridad, incapacidad argumentativa y desesperación por descontrol. Se victimizan. El zarigüeyo ordenó a la gacela, juntar a millones de catarinas, gorgojitos y escarabajos peloteros, incluidos hienos y hienas por todo el lago, para amedrentar al elefante.

“No debe de utilizarse lo jurídico, los asuntos supuestamente legales, con propósitos político- electorales. Es que yo ya lo padecí”. Andrés Manuel López Obrador.

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