Sobre cierto tipo de mediocridad

“En la mediocridad nadie puede encontrarse a solas con algo, mucho menos consigo mismo”: Elfriede Jelinek, Premio Nobel 2004.

“Quemadas en la hoguera, acusadas de brujas, de tontas, de más débiles o de perfectas víctimas de un crimen pasional, las mujeres históricamente han sido objeto de un odio que no cesa”, dice el periodista Jack Holland, en Historia de la misoginia.

Impresiona por ello a lo que han llegado, aquí y allá, las campañas políticas. Las campañas negras se revuelcan en el fango de las pasiones humanas, pero reflejan más de quien las instrumenta, que de la persona a quien pretenden enlodar. Santas y santos están, si es que existen, en los cielos, acompañados quizás, por las y los angelitos. Aquí, en estas tierras contaminadas, estamos, además de muchísimos seres, las y los humanos. Con nuestros errores, nuestros vicios, nuestros dolores. Y sí, también con rencores, odios y fantasías de todo tipo.

Lo sorprendente es que hoy que las mujeres apenas levantan la voz y son escuchadas (en algunas regiones del planeta) las campañas políticas evidencien de manera grotesca su misoginia. Y eso es peor que las partículas suspendidas y el ozono, pues abre esa pequeña válvula de rencores inmensos, que contaminan la vida toda.

Volver a las épocas más oscuras de la humanidad, con frases como “La belleza y la elegancia, ya sea en una mujer, un edificio o una obra de arte sólo es algo superficial o algo lindo que ver” (Trump), evidencia las escasas luces dentro de una mente que no recibió lo que la educación de su país señala “formar eficazmente al individuo mediante conocimientos de sus derechos, sus deberes y la práctica de valores humanos”. Lo mismo que aquellos que en este país sugieren a las candidatas “mejor ponerse a barrer”.

Pero en realidad, estos hombres son histéricos. Otro caso raro de adjetivo, que cuando es en femenino sugiere tratamiento sicológico o siquiátrico y cuando se convierte en masculino sólo gana admiradores (y admiradoras). Dicen que los “hombres histéricos” constituyen el “típico triunfador”: “Humor cambiante, caprichoso, celoso, con necesidad permanente de ser el centro de atención, frivolidad, labia atractiva, insinuante, cuerpo grácil que atrapa la mirada de los otros, poca disposición a la reflexión, facilidad para amoldarse a los demás para obtener el cuidado, son todas características de los hombres histéricos”. (https://www.clarin.com/pareja-y-sexo/hombres/columnista-ghedin-hombres-hi...). Ni duda, ¡el vivo retrato de Trump (salvo lo de cuerpo grácil) y sus colegas! Parodiando a Baroja, “el hombre actual elegante no tiene vida interior ninguna. Parece que el poco cerebro que tenía se le ha evaporado”. Y por ello, bastante mediocre.

Dice André Glucksmann, filósofo francés, que “el odio más largo de la historia, más milenario aún y más planetario que el del judío es el odio a las mujeres” y por ello, no es nada raro el por qué la violencia contra las mujeres se mantiene como constante en la sociedad a pesar de leyes, campañas, proclamas, marchas, al tiempo que cada día aparecen nuevas formas de tortura para ser “bellas”: tacones, cirugías, dietas y ejercicios, etcétera.

Pregunta: ¿Cómo se explican la opresión y la brutalidad contra la mitad de la población mundial por parte de la otra mitad, a lo largo de toda la historia?”. Desde alguna corriente de la antropología, la mujer es el principio pasivo de la naturaleza y también es la sirena, lamia o ser monstruoso que encanta, divierte y aleja de la evolución. En caso de que así fuera, basta con recordar a Oscar Wilde: “Si la naturaleza hubiese sido confortable para los seres humanos, ¡no habríamos inventando la arquitectura!”.

Simplemente, hay que tener cuidado con la banalidad de las campañas políticas, pues sólo están reciclando prejuicios, sin importarles perpetuar una realidad que ha ensombrecido y teñido de mucho dolor, la vida de las mujeres al negar su dignidad de seres humanas.

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