Con el acento de quien siente que ha cumplido una misión, la presidenta Sheinbaum expresó ayer que creía que el nuevo retiro de Rubén Rocha “es lo mejor para Sinaloa”. Pensemos que se trató de una declaración bien preparada. Lo mejor, pues, sería que Rocha se borrara. ¿Qué sería entonces lo peor? Sinaloa es, desde hace más de dos años, un territorio en desgracia social, económica y moral. El gobierno de la Presidenta no ha conseguido revertir la ruina. Ayer preguntamos aquí si el episodio de Rocha del fin de semana se saldaría con la renovación de un pacto de impunidad por ostracismo. Eso no podría ser lo mejor para Sinaloa. Un pacto de esa naturaleza sería ilegal: daría libertad y paz a alguien que ha tenido una gran responsabilidad en la debacle del estado. Sería ilegítimo, dado que se impondría a rajatabla desde las alturas del poder. Y también brutalmente inmoral, sobre todo al compararlo con la forma en que el régimen de la 4T ha tratado al exgobernador Ruffo. Impunidad a cambio de ostracismo es una pésima fórmula. Y, por lo visto en estos más de dos años, sería una garantía de que continúe el infortunio de millones de sinaloenses. Si esto no es una farsa, lo mejor es que Rocha se vaya al diablo. No a un escondite con aire acondicionado.
