Vivir para verlos. De aquella soberbia invulnerable no va quedando nada. Su arrogancia de hace apenas unas semanas es hoy un pálido hilito a punto de desgarrarse por completo.
La generación lopezobradorista 2021-2022 luce acobardada y con la vista en el despeñadero. La generación de los gobernadores que no pusieron reparo en coludirse con los criminales mientras proclamaba que el pueblo los había llevado en hombros al poder.
Vivir para ver a Américo Villarreal desmentir ayer una nota de Los Ángeles Times sin siquiera atreverse a afirmar que su visa de ingreso a Estados Unidos sigue vigente —¿A cuántos integrantes de su gabinete se las habrán cancelado también?—
O a Alfonso Durazo –el secretario federal de Seguridad que celebraba a la justicia de aquel país cuando detuvieron a García Luna— argumentar que no tiene caso cruzar la frontera sólo para demostrarle a los adversarios que las autoridades de aquel país no lo investigan, porque en Sonora todos saben que él nunca anduvo en malos pasos.
O contabilizar ya 40 días de ausencia de Rubén Rocha: escondido en lugar de estar dando la cara y tratando de ganar el debate público. Estados Unidos sopla y ellos tiemblan.
Achicados, acobardados, proyectan una estampa de derrota histórica. Ellos, que tanto vocearon la honestidad valiente. Y la dignidad.
