Fui uno de los cientos de millones de personas que siguieron ayer por televisión el juego entre las selecciones de Argentina e Inglaterra, aunque me daba lo mismo quién resultara ganador. Por cariño a la sociedad española, que desde hace casi dos años me ha recibido con respeto y cordialidad, los únicos equipos que me interesaban en el Mundial eran los de México y España. Pero me deslumbró la forma en que los argentinos remontaron. Pasión, fuerza, inteligencia, orden, talento. Y el orgullo indestructible de representar a su cultura. Me sirvo del momento y la imagen para preguntar si eso que llamamos Latinoamérica tiene hoy una institución más sólida que la Selección Argentina de Futbol. Lo pregunto por su continuidad histórica, su influencia continental, el capital simbólico que representa, su producción de figuras universales y la calidad de sus hinchas. No entro en controversias con el patrimonio de la literatura, la pintura, la música, la cocina. Pero ¿con qué institución la compararíamos hoy? ¿Con la UNAM? ¿Con la Universidad de Sao Paulo? ¿Con la Fundación Oswaldo Cruz? ¿Con la Sinfónica Simón Bolívar? ¿Con la FIL? Recuerdo que en un viaje por aquel país, hace 20 años o más, una empresa automotriz, o de gasolina, remataba un emotivo anuncio con la frase: “Qué bueno ser argentino cuando juega la selección”. Una maravilla de institución. El domingo, no obstante, hincharé por la Roja.
