La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo está permitiendo la comisión de una atrocidad. Y si digo que la está permitiendo es, primero, porque no creo que la desconozca; y, segundo, porque no la imagino dando esa instrucción. En unos días se cumplirá un año de que, según la Secretaría de Cultura –es decir, según el gobierno federal–, un árbol derribó la estatua del expresidente Felipe Calderón en una de las calzadas de los jardines del Centro Cultural Los Pinos. Un árbol derribando, precisamente, la escultura de Calderón. Demos por buena la casualidad, el azar. Concedamos que no hubo voluntad humana, que fue un accidente. Lo inexplicable e indefendible es que, tanto tiempo después, la estatua siga en el mismo lugar, abandonada, pudriéndose. Visitamos el sitio esta semana y lo constatamos. Yace en el piso, a unos metros del basamento, con la placa en la que aún puede leerse: “Presidente Felipe Calderón Hinojosa”. Hace varios meses ya, la responsable del Centro Cultural Los Pinos, Elisa Lemus, aseguró que la figura sería sometida a un proceso de restauración y luego reinstalada. Esa promesa es hoy una mentira. Y lo que ocurre es una barbaridad. Antes que nada, porque el gobierno no es dueño de Los Pinos ni del patrimonio que ahí se resguarda. El trato que le da a la estatua de Calderón es un abandono inadmisible de sus responsabilidades. Y un desprecio por lo público. Por eso me resisto a creer que la presidenta Sheinbaum haya ordenado o siquiera consentido esta conducta. Esta agresión. Porque eso es también una agresión. Haiga sido, como haiga sido.
