Nunca, jamás, hacer el Miguel de la Madrid

Le dice Jorge Valdano a León Krauze en una entrevista publicada en la edición de junio de Letras Libres: “No le pidas a uno solo de los 50 mil asistentes a un estadio que piense. Ellos sólo sienten y, desde el sentimiento, o te aplauden o te insultan, porque tienen derecho al insulto”. El estadio de futbol como un territorio puramente emocional que desnuda la personalidad de cada asistente. Bajo ese entendido, hace bien la presidenta Sheinbaum en no correr el riesgo de someterse el jueves, durante la inauguración del Mundial, al juicio de quienes tienen derecho al insulto y que, además, podrían formar mayoría en Santa Úrsula. Pagará su ausencia con unos días de críticas. Las más severas la acusarán de cobardía; otras vocearán que su popularidad en las encuestas es ficticia, y hasta ahí. La corriente de acontecimientos estruendosos se encargará de diluir el recuerdo de que no se atrevió a estar en el palco de honor: ausencia, a fin de cuentas, anecdótica. Habrá evitado, a cambio, reescribir el episodio de la rechifla monumental al presidente Miguel de la Madrid durante la inauguración del Mundial de 1986, en ese mismo Estadio Azteca. Una de esas humillaciones masivas que –ahora lo sabemos casi científicamente— no se olvidan en 40 años. Tienen una vida larguísima.