Les tomó 16 años, pero ganaron en las urnas

“Budapest será esta noche el centro del universo”, escribió quizá con una pizca de exageración el director de El Mundo, Joaquín Manso. Pero de alguna manera terminó siéndolo, al menos en Europa, donde se siguió con sensación de cercanía política la elección del primer ministro de Hungría. Lo que estaba en juego era la continuidad de Viktor Orbán tras 16 años en el poder. Tenía enfrente al opositor, Peter Magyar, que ofrecía conducir al país hacia el cauce europeo de instituciones confiables, libertades, democracia, Estado social, respeto a migrantes y minorías, y una férrea persecución de la corrupción. Según Manso, Orbán –amigo por igual de Putin y Trump– encarna lo contrario: “El desmantelamiento desde la legalidad democrática del Estado de derecho, la neutralización de la prensa libre y el cultivo de un capitalismo de colegas y nuevos ricos”. La victoria de Magyar fue atronadora: obtuvo 71% de los votos. Orbán lo felicitó ayer mismo. Su derrota, la de su régimen, era considerada hasta hace poco imposible por quienes entonaban réquiems por la extinguida democracia húngara. Es cierto que se trata de un país de 10 millones de habitantes, pero deja un ejemplo de derrumbe en las urnas de una tiranía que destruyó cuanto pudo para eternizarse en el poder. Tomó 16 años derribar el muro de Orbán. Por eso, anoche, Budapest fue “el centro del universo”.