El Kalashnikov de Silvio

I

Media semana. Desde un festival en Austin, Texas, Rubén Blades —en su cara se dibuja la decepción de la espera, por la esquina del viejo barrio lo vi pasar, ¿a dónde van los desaparecidos?— desliza una estrofa caliente sobre Cuba: “La dictadura sigue utilizando la represión para sostenerse en el poder, las fuerzas de la oposición están o encarceladas o dispersas; así es que Cuba va a necesitar mucha ayuda”.

Una rima que difícilmente admitirá torsiones complacientes de los latinoamericanistas de siempre.

II

Viernes. En un salón reluciente, sin huellas de escasez, Silvio Rodríguez —Madre Patria y Madre Revolución— recibe del ministro de las Fuerzas Armadas un fusil AKM soviético, por “si se lanzan” los yanquis.

Atestigua Miguel Díaz-Canel. La prensa oficial difunde la imagen: estampa didáctica de un régimen exhausto al que le quedan pocas figuras consentidas de las que pueda echar mano.

Una de ellas, el casi octogenario Silvio. Quizá un día el mundo se conmueva con la fotografía del músico abatido por los marines de Trump, con su Kalashnikov a un costado. Pero a la luz del uso que han tenido esas armas durante décadas, quizá sea más verosímil imaginar ese fusil apuntando a jóvenes, a mujeres.

A los cubanos que pierden el miedo y exigen —cada vez más alto— al régimen fracasado el futuro que se negó a sus padres y abuelos, contemporáneos de este Silvio devenido en una caricatura con AKM. Como un Che barriendo minas en Haiphong. Al final, la Revolución encuentra a quién ponerle el uniforme.