Llevo 20 meses viviendo fuera de México. He tenido, por lo mismo, el privilegio de encontrarme y conversar con muchos mexicanos en el extranjero.
A excepción de unos cuantos turistas y de algunos —no todos— artistas y escritores que viajan para exponer sus obras, las historias que me cuentan es una: de dolor y miedo. Ni siquiera entre los estudiantes o quienes pasan una temporada de trabajo por allá es fácil escuchar relatos de estabilidad, bienestar o amor cuando hablan del día a día en México. Duele. El país peligroso y violento donde —recupero una vez más el latigazo del poeta Javier Sicilia— hay algo infernal, sin camino de regreso del horror.
Ayer, un guanajuatense, indudablemente hombre de bien, se acercó a saludarme en el vuelo de regreso a la CDMX. Mientras me contaba del viaje con su esposa por distintas ciudades, encalló en el hecho que los conmovió durante las vacaciones: la noticia de la ejecución, la semana pasada en Irapuato, de un conocido suyo, el empresario Sergio Contreras, emboscado —tomo el párrafo de la prensa local— “cuando se dirigía a sus tierras en el camino terracero a Rancho Las Manzanas, cerca de la comunidad Hacienda de Márquez”. Lo describió como un hombre ajeno a cualquier sospecha delictiva. Simplemente, alguien decidió matarlo.
“Es nuestra patria”, nos dijimos al despedirnos y regresar a nuestros asientos. “Es la que tenemos y hay que seguir”.
