I
“Hemos realizado la entrega formal del cuerpo de Claudia a su papá para que puedan llevárselo”. La frase la pronunció ayer el fiscal de Morelos, Fernando Blumenkron, al entregar el cadáver al padre de la joven española Claudia Tacoronte, asesinada a puñaladas el sábado en el centro de Cuautla, Morelos. Incapaz de desterrar las décadas de muerte y horror, México vuelve a obsequiarle al mundo otro solemne, respetuoso, honorable minuto de silencio. El gobierno de España agradeció “la rapidez con la que se están produciendo las investigaciones”.
II
Fieles al estilo de los últimos años, las autoridades dieron rápidamente con el autor material del homicidio –o feminicidio– de Claudia. La diferencia respecto de otros casos sonoros es que esta vez el autor material es también el intelectual: el autor total del crimen. Francisco Javier Meléndez, El Trompas, confesó ayer su culpa. Las autoridades apuntan al robo como móvil. A partir de ahí, cualquier explicación resulta claudicante. El Trompas era un bandido y matón conocido en la zona. Pero seguía delinquiendo porque el margen de impunidad sigue siendo brutalmente alto. Se equivocó de víctima. De haber sido morelense, mexiquense o tlalpeña, esta noche bien podría haberle puesto una raya más a su puñal. Su problema es que no intuyó quién era la víctima. Al equivocarse, perdió. Nadie sensato puede garantizar hoy, sin embargo, que no vengan en camino El Trompas II, El Trompas III. Si no es que ya llegaron.
