Admiro la entereza y la alegría de Arturo. En la promisoria Ciudad de México de comienzos de siglo, se arriesgó a pasar de maître al incierto territorio de dueño de restaurante. El resultado fue, literalmente, ejemplar. El Arturo’s de la Condesa se convirtió en una de las mejores historias de la ciudad. No sólo por la calidad de la cocina y el servicio, sino porque sus mesas eran un punto de encuentro único para una plural gama de personas y grupos, hasta que el terremoto de 2017 dañó el edificio en cuya planta baja funcionaban. Entonces Arturo Cervantes, Arturito, el gran Arturo, dobló la apuesta. En 2018 abrió una nueva sede en el desafiante Polanco. Un éxito inmediato hasta que la pandemia detuvo la vida en 2020.
Arturo —inteligente, suave activista— alzó la voz y urgió la reapertura de los restaurantes. “No quiero que me regalen nada, sino que me dejen trabajar”, nos dijo en el momento económicamente más apremiante de la crisis. Lo consiguió. Y Arturo’s reencendió hornos y luces y siguió siendo un faro glorioso en esa parte de la ciudad. Pero algo se desamarró en los últimos años.
La gente fue llegando en menor número a cenar en Polanco; no tuvieron más remedio que cerrar a las seis, hora del tráfico desastroso. En paralelo, las rentas subían por encima de la inflación. “Ya no pudimos, nos vamos de aquí”, me dijo Arturo ayer. “Pero en abril regresaremos, en la Condesa, con un mejor restaurante, lo verás”. Suerte en esta tercera época. Suerte a ese hombre (y a su equipo) que sabe caminar en las duras. Sin él, la ciudad no está del todo completa.
X: @CiroGómezL
