Fue una grata sorpresa atestiguar que un personaje público de primer orden acepta que se equivocó: él y su equipo, con un costo para la institución, la UNAM.
Eso hizo ayer el rector Leonardo Lomelí, ya con el margen de reflexión que da saber que una crisis que se percibía complicadísima quedó desactivada. Me dijo que el episodio del examen de admisión les enseñó a no subestimar nunca a quienes están dispuestos a trampear; a no confiar, porque sí, en que las viejas estructuras se impondrán sobre los nuevos desafíos; a fortalecer grupos de especialistas que los asesoren en las horas turbulentas.
En la era de los rollos inagotables y la plaga de lugares comunes, agradecí la economía de sus respuestas, propia de quienes tienen información, las ideas claras y la conciencia en paz.
P: ¿Cuánto costó el error que llevó a aplicar el segundo examen? R: Unos 14 millones de pesos.
P. ¿Por qué, en el momento más agudo, se fue la secretaria general, Patricia Dávila? R: Hablé con ella y consideré que era lo mejor, porque teníamos algunas diferencias sobre cómo enfrentar la situación.
P. ¿Qué aprendieron de esta crisis? R: A ser más cuidadosos.
Qué lujo escuchar la serenidad y modernidad de una voz así en el México negacionista, plagado de fulleros. De tramposos.
