Una causa invencible
Si se revisan aquellas encuestas que por sus resultados finales resultaron reivindicadas, pareciera que para la oposición no hubiera sido pertinente hacer campaña. Iniciamos la pelea electoral con una desventaja superior a los 20 puntos y terminamos la justa igual. ¿No ...
Si se revisan aquellas encuestas que por sus resultados finales resultaron reivindicadas, pareciera que para la oposición no hubiera sido pertinente hacer campaña. Iniciamos la pelea electoral con una desventaja superior a los 20 puntos y terminamos la justa igual. ¿No sucedió nada durante el año de confrontación electoral?
Cuando salimos al campo, el marcador ya indicaba 10 a 0 a favor de la alumna presidencial. ¿Debimos habernos abstenido? ¿Teníamos una idea del reto mayúsculo de esta campaña electoral? Una cosa es saber que el país es grande y muy otra intentar penetrar el imaginario del electorado —cien millones de electores— cuando el adversario lleva dos años utilizando ilegalmente recursos a favor de su equipo. ¿Debimos haber reeditado aquella decisión de Acción Nacional de 1976, cuando se negó a competir con un candidato presidencial propio? ¿Debimos habernos negado a presentar una candidatura presidencial en protesta por la descarada inequidad de la contienda? Lo que se jugaba en esta elección era lo contrario a la apuesta de 1976. En ese año, el régimen intentaba legitimarse democráticamente después de las masacres estudiantiles de 1968 y 1971, y de la ruptura con los empresarios; en contraste, en las elecciones de este junio, el régimen busca resucitar la pesadilla de partido casi único, blindado por una caricatura de separación de poderes.
En 1977, al no participar en las elecciones, Acción Nacional obligó a la reforma política de 1977 que permitió el reconocimiento y la representación parlamentaria de las minorías. No participar en estas elecciones, por el contrario, hubiera dado lugar a una elección casi soviética, con la que el régimen no se siente incómodo. ¿Que los resultados fueron casi soviéticos? Lo serán, si y sólo si, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) reconoce como legítima la sobrerrepresentación ilegal con la que Morena se quiere regalar una mayoría constitucional que los votantes le negaron.
El TEPJF acaba de ratificar que fueron justos los reclamos formulados por la oposición durante la campaña: que el Presidente intervino reiteradamente en las elecciones, violando la neutralidad que debió haber observado y usó recursos públicos a favor de su protegida, Claudia Sheinbaum. El Tribunal confirmó también que el Presidente reiteradamente ejerció violencia política de género contra la candidata de la Coalición Fuerza y Corazón por México. Debido a estas maquinaciones ilegales, deshonestas, propias de un autócrata, fue tan difícil que Xóchitl Gálvez, una mujer con una vida y una carrera extraordinarias, pudiera ser conocida por sus cualidades y compromiso con los más vulnerables de este país. La mayoría de los potenciales electores la conocieron a través del filtro de ataques, calumnias y vituperios construido por el Presidente. Por ello fue tan tardado lograr que las opiniones positivas de su candidatura empataran o superaran levemente las opiniones negativas inducidas desde Palacio Nacional.
De no haber hecho una campaña en serio, con una candidata de lujo como Xóchitl Gálvez, los resultados nacionales hubieran sido similares a los de Tabasco, donde la candidata oficialista obtuvo el 81% y una ventaja 8 a 1 contra nuestra candidata. Gracias a la campaña —y a pesar de sus errores, novatadas y demás—, los electores dieron un voto acotado a la próxima Presidenta. Un voto mayoritario innegable para que sea la titular del Ejecutivo y un voto menor para el Congreso. En la Cámara de Diputados, la coalición claudista obtuvo 54% de los votos y seis millones menos de votos para su candidata; y la oposición obtuvo 42%, es decir, no está borrada. Concediendo el tope de la sobrerrepresentación que todavía permite la Constitución, Morena y aliados tendrían el 62%, cuatro puntos abajo de la mayoría constitucional.
Es decir, no es verdad que una mayoría aplastante de electores votara por la agenda legislativa del presidente López Obrador. No. Los electores pidieron continuar con las iniciativas de mejoras económicas, pero para reformas constitucionales pidió cautela y escuchar a la oposición.
¿Cambió algo, aunque las cifras iniciales y finales de la campaña sean las mismas? Las encuestas nos dicen que, aproximadamente, tres millones de personas acudieron a las marchas a favor de la democracia. Hubo un despertar cívico que difícilmente cederá. Millones de personas que son otras después de la campaña y que, aunque derrotadas, se sienten soldados de una causa invencible.
