Shohei Ohtani y una paz duradera

Esta humilde que aplasta teclas ya iba al beisbol antes de nacer. En el cómodo transporte provisto por mi madre, asistíamos juntas al estadio Fernando M. Ortiz, en Hermosillo, Sonora, y ya afuera de su bendito refugio seguí asistiendo a muchos estadios. Mi matrimonio ha ...

Esta humilde que aplasta teclas ya iba al beisbol antes de nacer. En el cómodo transporte provisto por mi madre, asistíamos juntas al estadio Fernando M. Ortiz, en Hermosillo, Sonora, y ya afuera de su bendito refugio seguí asistiendo a muchos estadios. Mi matrimonio ha durado más de cinco décadas porque a los dos se nos ha metido desde jóvenes la idea de “cambiar el mundo” a través de la política, disfrutamos mucho la música, especialmente la clásica, y adoramos el beisbol. Y quizá por mi gusto por el beis no termino de entender el futbol. Aclaro: no soy una enciclopedia de nombres de jugadores, de partidos memorables ni de estadísticas. Yo simplemente lo disfruto, aunque pierda mi equipo favorito: Naranjeros, de Hermosillo; Yankees, Dodgers, Medias Rojas y cualquier equipo mexicano en la Liga del Caribe.

Lo que sí puedo decirles es que nunca había visto un jugador como Shohei Ohtani. Y que no exagero si afirmo que el mejor jugador de beisbol en la historia del deporte no es Lou Gehrig ni el extraordinario Babe Ruth ni ninguno de los grandes jugadores ganadores del Cy Young y demás reconocimientos. El mejor jugador no es estadunidense, es un joven de 31 años nacido en Oshu, Japón, que no habla inglés y que lo mismo es un gran lanzador, que un bat de oro, productor de una cantidad récord de jonrones y también un experto robador de bases. En la temporada regular de 2024 produjo 54 jonrones y 59 bases robadas. Y en el partido definitorio, hace tres días, para que los Dodgers pasaran a la Serie Mundial, Ohtani produjo tres jonrones y lanzó en seis entradas en las que ponchó a diez. Pero usted leerá mejores crónicas con los expertos.

Cuando veía la hazaña fuera de toda estadística del jugador japonés se interpuso la historia: ¿alguien podría imaginar, hace 80 años, después del 2 de septiembre de 1945, cuando se firmó la rendición incondicional ante los aliados, que un jugador japonés sería idolatrado por los fanáticos del beisbol en Estados Unidos? Surgió también la pregunta de si las herramientas diplomáticas y culturales del “poder suave”, término acuñado por el académico estadunidense Joseph Nye, habrían realmente muerto con la guerra de Gaza y la invasión a Ucrania, ejemplos insuperables del “poder fuerte”.

Cuando el gobierno del presidente Truman detonó la bomba atómica sobre Hiroshima, en agosto de 1945, las principales ciudades japonesas ya habían sido destruidas mediante un bombardeo incesante. De Tokio, sólo una tercera parte estaba en pie. Todavía hay debate sobre si realmente era indispensable tirar la bomba atómica para obligar a la rendición de Japón o de si más bien se quería anunciar a la entonces Unión Soviética y al resto del mundo la posesión y dominio estadunidense sobre la nueva arma que utilizaba por primera vez la fisión del átomo. 

Después de las consecuencias fatales del Tratado de Versalles en 1919, que con su enfoque punitivo y vengativo contra Alemania llevó a la Segunda Guerra Mundial, con el fin de la guerra, debía ensayarse un enfoque diferente, uno que permitiera una paz duradera a través de la recuperación económica de las potencias derrotadas y la implementación de una cierta ruta de gobiernos democráticos. En el caso de Japón, es bien conocido el récord de la ocupación de EU bajo el general Douglas MacArthur. Además de impulsar una reforma agraria que permitiera multiplicar el número de propietarios y reducir a los terratenientes, otorgar el voto y otros derechos a las mujeres y la adopción de una nueva constitución que negaba el origen divino al emperador, adoptaba  el sistema parlamentario, renunciaba a la guerra y al militarismo, MacArthur ordenó (ésa es la palabra correcta) que se reanudaran los juegos de beisbol que se habían suspendido durante la guerra, se formaran nuevos equipos y nuevas ligas de competencia. 

El beisbol había llegado a Japón desde 1872, a través de un maestro estadunidense. Fue progresando lentamente y en 1934 se organizó una gira intensamente exitosa con visitantes como Lou Gehrig, Babe Ruth y Jimmie Foxx, entre otros, pero todos ellos de la Liga Americana, pues la Liga Nacional se negó a enviar jugadores. Más de medio millón de japoneses los vieron desfilar por las calles de Tokio. A partir de ese momento se inició la profesionalización del beisbol japonés. 

El poder suave no siempre puede impedir la guerra, pero, sin duda, da mayores oportunidades a la paz. Para que pueda haber guerra el agresor debe demonizar al enemigo, tal y como lo ha hecho el dictador ruso Vladimir Putin con los ucranianos al describirlos como neonazis. Instrumentos como el deporte y la cultura dificultan esa demonización porque acercan al otro, que ya no es un ser ajeno al que el dictador o tirano en turno puede describir como un ogro, sino el país al que el ciudadano puede admirar por su deporte, su comida, su arte, su cine, su música. México es inmensamente rico en herramientas de poder suave. La Presidenta desperdicia doblemente ese potencial, primero, al negar un presupuesto adecuado a las relaciones internacionales y, segundo, al negarse a viajar a cumbres fundamentales.

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