Que se mueran los feos

La primera vez que me puse lentes tenía yo 11 años y una miopía galopante, dos sensaciones contrastantes me sorprendieron: lo bonito era más bonito y lo feo, mucho más feo. Por primera vez pude ver la orilla de cada hoja de los árboles, la forma exacta de las nubes, ...

La primera vez que me puse lentes —tenía yo 11 años y una miopía galopante—, dos sensaciones contrastantes me sorprendieron: lo bonito era más bonito y lo feo, mucho más feo. Por primera vez pude ver la orilla de cada hoja de los árboles, la forma exacta de las nubes, la geometría deslumbrante de las flores. Pero la gente… la gente tenía pecas, acné, manchas, dientes chuecos, muy diferente al sugerente impresionismo al que estaba acostumbrada. Creo no exagerar si afirmo que algo así sucede con el acercamiento de los medios y redes sociales a la política y en especial a los partidos políticos. Periodismo crítico más nuevas tecnologías han puesto a los protagonistas de la política y del gobierno en la mira de la sociedad: en los noticieros, en las redes sociales, en los zooms. La demanda de transparencia que ha venido impregnando —a pesar del Presidente— la vida pública ha sido otro lente de aumento sobre los partidos. ¡Ay, qué feos se ven de cerca!

Ésa parece ser la principal objeción de los escépticos del Frente Amplio por México. Que de la suma de los feos sólo puede resultar algo más feo, dicen. En el lenguaje técnico que hemos adoptado de las encuestas, “que los negativos de los partidos superan por mucho a los positivos”; que “las opiniones negativas sobre el PRI son radioactivas”, que “Alito esto, Alito lo otro”, pero Marko también y el PAN peor. Y el nuevo monstruo: “el PRIAN”, que se aprovechará de todos y como el lobo feroz se cenará a la confiada sociedad civil. ¿Y la sociedad civil se dejará?

Pero no, la política no se guía por principios lineales en los que dos más dos es igual a cuatro. Como se trata de la participación e interacción de miles y millones de seres humanos, resulta en un proceso no lineal, complejo, en el que están en juego aspiraciones, ilusiones, cálculos pragmáticos, alianzas oportunistas, esperanzas, lealtad, etcétera. Y los impredecibles “cisnes negros”, lo altamente improbable, que de una hora para otra ponen de cabeza los cálculos más sofisticados. La gente, el electorado, castiga la mentira: en marzo de 2004, en España, Mariano Rajoy, del PP, tenía segura la elección presidencial, pero sucedió el atentado terrorista en la estación de Atocha, con un saldo de 193 muertes. El PP, en el gobierno, sabiendo que era falso, se lo quiso adjudicar a ETA para castigar al PSOE, pero se demostró que los responsables habían sido terroristas islámicos. En tres días, Rajoy perdió la elección. En una escala más pequeña, lo mismo sucedió en la elección de 2021 por la gubernatura de Nuevo León. Se demostró que la candidata puntera, de Morena, había mentido sobre su cercanía con la secta NXVIM. De un día para otro el voto mayoritario se trasladó a un candidato ni del PRI ni del PAN, Samuel García, de MC, que anteriormente estaba en el sótano, once puntos abajo.

Las elecciones presidenciales de 1988 en nuestro país son un mejor ejemplo de cómo el electorado se prende con ilusión y esperanza a una oportunidad para el cambio, a pesar de la mala fama —merecida o no— o la irrelevancia de los partidos que conduzcan el taxi de esa esperanza. En octubre de 1987, el único partido que se atrevió a recibir a la Corriente Democrática del PRI, encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez y otros, fue el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana. Hasta entonces el PARM era un partido minúsculo e irrelevante, que elección tras elección apoyaba al candidato presidencial del PRI y bien merecía el apodo de “satélite del PRI”. Menos de una decena de militantes, directivos de ese partido, dijeron basta a la tradición de supeditación al poder y cambiaron la historia de este país, enarbolando la candidatura del ingeniero Cárdenas. Dos meses después se unieron otros dos partidos, el Partido Popular Socialista (PPS), tan o más irrelevante que el PARM, y el Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional, conocido como “el ferrocarril”, un poco mejor que los otros dos, pero no mucho.

La izquierda, entonces el Partido Mexicano Socialista (PMS), que apoyaba la campaña del inolvidable Heberto Castillo, se aferró a dogmas y prejuicios, todos ellos documentados con abundantes ejemplos de los pecados del PARM, del PPS, del PFCRN y de los propios expriistas integrantes de la Corriente Democrática. El hijo del más querido presidente de México, Lázaro Cárdenas, se había salido del PRI, en protesta por las reglas antidemocráticas de la designación del candidato presidencial del PRI. Pero a los ojos del PMS, eso no significaba más que una triquiñuela del sistema en contra de la “verdadera izquierda”. La televisión controlada, los medios periodísticos, la radio negaban sus micrófonos a Cuauhtémoc Cárdenas y, a pesar de eso, las plazas se llenaban. Pasó diciembre de 1987; enero, febrero, marzo y abril de 1988, la candidatura de Cárdenas crecía desde abajo de la sociedad, pero fueron más importantes los prejuicios que confirmaran las creencias propias. Los mítines masivos de La Laguna a finales de mayo convencieron finalmente al ingeniero Castillo, que llamó a votar por el Frente Democrático Nacional. Demasiado tarde, pues las boletas ya estaban impresas. Hoy hay un clamor semejante por un cambio en el que la gente quiere ser protagonista y ahora hay un vehículo para lograrlo: el Frente Amplio por México, con A mayúscula, donde cabemos todos.

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