Qué es lo histórico en la elección del 2 de junio

Para Xóchitl Gálvez, con afecto y agradecimiento. A raíz del triunfo de Claudia Sheinbaum, los titulares de medios y periódicos nacionales e internacionales han subrayado “el hecho histórico de que, después de 200 años, llegue una mujer a ...

           Para Xóchitl Gálvez, con afecto y agradecimiento.

A raíz del triunfo de Claudia Sheinbaum, los titulares de medios y periódicos nacionales e internacionales han subrayado “el hecho histórico de que, después de 200 años, llegue una mujer a la Presidencia". Debo confesar que, con el paso del tiempo, a mí se me ha ido quitando lo mujerista, es decir, esa idea peregrina de que intrínsecamente es mejor una candidatura femenina. Fui intensamente feliz con el triunfo de Michelle Bachelet en Chile en 2006. Ese mismo año admiré la campaña de mi amiga Patricia Mercado, con un programa con metas feministas que yo no supe tener en mi campaña de 1994. Después, a pesar de no ser panista, también fui felicísima con la candidatura de Josefina Vázquez Mota: me ilusionaba que, por primera vez, un partido con posibilidades reales de ganar candidateaba a una mujer a la “grande". En 2007 me llenó de alegría el primer triunfo de Cristina Kirchner. Con ella y su gobierno manchado por la corrupción, con la desastrosa segunda presidencia de Dilma Rousseff y varios otros ejemplos internacionales, mi entusiasmo mujerista se fue matizando. No creo que exista una “esencia" femenina y menos que las mujeres seamos mejores que los hombres.

El próximo 30 de junio habrá elecciones legislativas en Francia; el partido de Marine Le Pen, Reagrupamiento Nacional, que acaba de arrasar en las elecciones al Parlamento europeo, podría ganar la mayoría legislativa, aumentando las posibilidades de un eventual triunfo de Le Pen en las elecciones presidenciales de 2027. De serlo, también sería la primera mujer presidenta en 237 años de vida republicana (con algunas interrupciones). ¿Ese triunfo también sería calificado como histórico? Yo lloraría a mares de sólo pensar que la patria fundada con el lema de libertad, igualdad y fraternidad eligiera a la candidata de un partido que tiene como marca atacar a la fraternidad entre los seres humanos, promover una política antiinmigrante y antieuropea. Pero, a no dudar, tendría también la apariencia de un hito histórico, aunque representara, en los hechos, un retroceso demencial. Quizá este ejemplo —que espero no se materialice— transmita mi desencanto con la idea esencialista de que el hecho en sí de que llegue una mujer a la Presidencia de México es garantía de un futuro próspero y más igualitario.

Si Francia eligiera a Le Pen (toco madera para que no) habrían pasado 37 años desde que en ese país se implementaron las leyes respecto a la paridad en candidaturas y puestos gubernamentales. En México apenas tardamos 10 años entre la reforma constitucional de 2014, que incorpora la obligación de candidaturas paritarias al Congreso federal y los congresos locales. Y apenas en 2019 se agregó la reforma de “la paridad en todo”, que obliga a paridad en gabinetes, puestos públicos, etcétera, aunada a reformas posteriores para impedir la llegada a puestos de poder a violentadores de mujeres o deudores alimentarios. Algo hicimos bien las mujeres en México y habrá que exportar ese saber político.

El verdadero hito histórico fue la competencia entre dos candidatas mujeres a la Presidencia. El triunfo de cualquiera de ellas hubiera merecido ser calificado de histórico, simplemente por el hecho de ser la primera vez, independientemente de la diferencia de los proyectos que encabezaban. Las dos representan ejemplos contrastantes de cómo llegar al poder: Claudia, siguiendo la experiencia del siglo XX, de mujeres que llegan gracias al traspaso de poder de un hombre: el padre, el esposo o, como en el caso de Sheinbaum, el mentor político, de quien no sabemos si podrá o querrá reclamar o ejercer autonomía. Xóchitl, una mujer hecha a sí misma, sin padrino que le vaya abriendo el camino, que vence el destino de la pobreza e incursiona con éxito en el mundo empresarial, tecnológico y en la política. Quizá por estas diferencias sea comprensible que más hombres hayan votado por la sucesora de López Obrador. Según las encuestas de salida, entre los votantes que la favorecieron, los hombres superaron en 6% a las mujeres.

Soy muy escéptica del proyecto de Claudia Sheinbaum. Y no sólo porque mi candidata y mi voto hayan sido por Xóchitl Gálvez. Me da escalofríos una mujer que, con tal de asegurar la confianza de su mentor, asistió impávida a la destrucción de herramientas fundamentales para las mujeres, como las estancias infantiles, las casas refugio, que gaseó a las feministas y que sólo ha tenido desdén a las madres buscadoras. Pero, sobre todo, una mujer que abraza el plan C del Presidente, de esencia fundamentalmente antidemocrática, que nos regresa a los odiados tiempos del partido casi único. Una propuesta que instaura el mayoriteo como nuevo “estado de derecho” y que busca ignorar que el voto popular, el pueblo, votó por una Presidenta fuerte con un Congreso acotado: 54% la coalición que la apoya y 42% la oposición. Vox populi, Vox Dei.

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