Putin, el nuevo Atila

He dejado para otra ocasión el tema que tenía preparado para este artículo: la amenaza a la red de ríos subterráneos y cenotes en la Península de Yucatán por el Tren Maya. Tampoco quiero dedicarla a la consulta revocatoria del 10 de abril, en la cual participaré no ...

He dejado para otra ocasión el tema que tenía preparado para este artículo: la amenaza a la red de ríos subterráneos y cenotes en la Península de Yucatán por el Tren Maya. Tampoco quiero dedicarla a la consulta revocatoria del 10 de abril, en la cual participaré no votando. O el desafortunado discurso en Hermosillo del secretario de Gobernación, Adán Augusto, en el que mina cualquier capacidad de interlocución con la oposición, tan necesaria en tiempos turbulentos y se erige como el verdadero dirigente de Morena. En los hechos, ya no tenemos secretario de Gobernación. Todos son temas muy delicados. Pero los pospongo porque desde ayer sábado tengo el corazón oprimido, tengo dolor en el alma, una tristeza que se convierte en nudos en la garganta y lágrimas. Todo lo que leo es terrible, pero lo que me hace sentir un peso insoportable es la repetición de la barbarie, como si nada hubiésemos aprendido de la Segunda Guerra Mundial, de Bosnia, de Ruanda.

En la invasión a Ucrania hemos visto reescenificaciones en escala menor en extensión de tiempo y tamaño, pero de una crueldad inmensa. Los rusos, de cuya identidad es pilar la experiencia de la Segunda Guerra Mundial, la derrota de los ejércitos hitlerianos, la liberación de campos de concentración, como Auschwitz, repiten en Mariúpol una versión más corta del cerco a Stalingrado. Bombardeo indiscriminado a viviendas, escuelas, teatros donde se refugiaban cientos de civiles. Miles y miles sin electricidad, agua, internet, comida. Y bajo el terror de los bombardeos. Roto el cerco, leo que un hospital en Zaporiyia recibe a un grupo de niñas de Mariúpol. La más grande de 10 años. Todas con los tejidos rectovaginales desgarrados. Recuerdo las historias de tantas mujeres de Berlín violadas por soldados rusos en 1945, su ira contra Hitler injustamente descargada contra ellas. ¿Pero y las niñas de Mariúpol? ¿Podrán olvidar? ¿Podrán jugar de nuevo a las muñecas? ¿Podrán amar sin que el terrible recuerdo les niegue el gozo? ¿Podrán ser madres? Después de Japón y las mujeres coreanas, después de Bosnia, mujeres y niñas nuevamente como prendas de guerra.

Hasta ayer no sabía de la existencia de Bucha, a escasos 35 kilómetros de Kiev, la asediada capital de Ucrania. Hoy la he localizado en el mapa y jamás podré olvidar sus cinco letras. Bucha, agregada a la lista de los sitios en los que el paso de ejércitos bajo órdenes de algún déspota representa una serie de manchas, de pecados de la humanidad para los que quizá no haya perdón jamás. Una fosa común con 248 cadáveres de civiles. Regados por las calles o semienterrados más cuerpos desangrados. En la medida en que se liberan las pequeñas ciudades abandonadas por las tropas rusas, se descubren más atrocidades. Hasta hoy se habla de más de 410 muertos, incluidos los de Bucha. La ciudad turística de Trostianets, en la que Tchaikovsky escribió su sinfonía La Tempestad y la primera en ser ocupada por las tropas invasoras, arrasada también, incluyendo la escuela de música que lleva el nombre del compositor.

“Queda prohibido ordenar que no haya supervivientes”, dice el artículo 4-1 del Protocolo Adicional II (1977) a los Convenios de Ginebra de 1949 y, sin embargo, éstas parecen haber sido las órdenes que siguieron los ocupantes rusos en las pequeñas ciudades que tomaron durante las primeras semanas de la invasión. El derecho internacional humanitario pone especial atención a la protección de la población civil que no es parte activa de un conflicto: “Está prohibido dirigir intencionalmente ataques contra la población civil en cuanto tal o contra personas civiles que no participen directamente en las hostilidades”; protege también los bienes que permiten que esta población sobreviva, como cosechas, centros de distribución de alimentos, agua, hospitales, así como bienes culturales y religiosos. Condena los ataques y bombardeos a “ciudades, aldeas, viviendas o edificios que no estén defendidos y que no sean objetivos militares”.

El artículo 8 del Estatuto de Roma, documento constitutivo de la Corte Penal Internacional que entró en vigor en julio de 2002, reconoce la competencia de la CPI para los crímenes de genocidio, crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra. A primera vista, esta última categoría parece ser la aplicable a las atrocidades perpetradas por las tropas de Putin en Ucrania. Por ejemplo, el homicidio intencional, los tratos inhumanos a la población civil o prisioneros, el “lanzar un ataque intencionalmente, a sabiendas de que causará pérdidas incidentales de vidas, lesiones a civiles o daños a bienes de carácter civil o daños extensos, duraderos y graves al medio ambiente natural que serían manifiestamente excesivos en relación con la ventaja militar concreta y directa”.

La mejor defensa de México es el fortalecimiento del derecho internacional y muy especialmente del derecho internacional humanitario. Nuestro país no puede ignorar estos crímenes, debe condenarlos con firmeza y exigir que se explore la posible competencia de la Corte Penal Internacional. La impunidad, bien lo sabemos, sólo genera más crímenes.

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