Oppenheimer, Trinity y mi padre

“El tamaño de la red de monitoreo no nos permitió estudiar con rigor el impacto en México y Canadá de las pruebas atómicas atmosféricas; pero nuestros cálculos sugieren que la lluvia radioactiva resultado de varias pruebas nucleares, incluyendo la de Trinity, sí ...

“El tamaño de la red de monitoreo no nos permitió estudiar con rigor el impacto en México y Canadá de las pruebas (atómicas) atmosféricas; pero nuestros cálculos sugieren que la lluvia radioactiva resultado de varias pruebas nucleares, incluyendo la de Trinity, sí cruzó las fronteras de Canadá y México. El cálculo de la densidad de la deposición de partículas más allá de los Estados Unidos puede ser el foco de nuevos estudios". El párrafo incluido en el estudio Fallout from U.S. atmospheric nuclear tests in New Mexico and Nevada (1945-1962), publicado este 2023, fue para mí tan cegador como la luz blanca de la escena de la película Oppenheimer, el Prometeo americano, en la que la bomba Trinity explota a escasos 30 metros de altura en Álamo Gordo, Nuevo México.

Esa madrugada del 16 de julio de 1945, los vientos dominantes corrían hacia el noreste; con todo, a 48 horas de la detonación, la ceniza radioactiva ya se había dispersado también hacia el suroeste, es decir, hacia el norte de México. En cuatro días la lluvia radioactiva llega a Canadá y deposita átomos de plutonio 239 en el lago Crawford, de Ontario. En estos días de 2023, los científicos integrantes del Grupo de Trabajo sobre el Antropoceno votan sobre si se identifica el 20 de julio de 1945 como el inicio de una nueva era geológica, el Antropoceno. Estudios recientes indican que ese día, cuatro después de la explosión de la primera bomba atómica, se depositaron por primera vez en los lodos de las profunidades del lago Crawford átomos de plutonio, el combustible de Trinity.

No crean que me asusto con lo nuclear o que creo que cualquier radiación es letal para los seres humanos. Por el contrario. Estoy a favor de la nucleoelectricidad como una de las alternativas al uso de los combustibles fósiles y sé que los seres humanos convivimos diariamente con ciertos niveles de radiación natural, ya sea emanada de algunos materiales o proveniente del espacio exterior. Y sigo con optimismo casi inquebrantable los avances (y retrocesos) de la investigación en fusión nuclear. Chernóbil tampoco me hizo dudar de la viabilidad de la energía nuclear, pues el diseño ruso era una verdadera porquería que jamás hubiera sido aprobado en Occidente. No así el accidente del complejo nuclear de Fukushima, en Japón. Los reactores aguantaron bien el terremoto de magnitud 7.4, no así el tsunami con olas de 30 metros de altura. Ahí sí temblé, dudé y reflexioné sobre los peligros de la arrogancia humana. El hubris que nos hace creer que la ciencia todo lo puede prever. Y la importancia de la formación de equipos de científicos y tecnólogos, en los que la interacción de distintos puntos de vista pueda disminuir los peligros de decisiones unilaterales.

Resulta profundamente conmovedor —y perturbador— acompañar a Oppenheimer, el científico que dirige el Proyecto Manhattan, responsable de adelantarse a la Alemania nazi en la creación de la bomba atómica en su agonía moral después del uso de la bomba sobre Hiroshima y Nagasaki. Personalmente, creo que ello fue un acto de barbarie innecesario. Diversos estudios plantean que los japoneses estaban a punto de rendirse, pues los intensos bombardeos habían destruido su economía. Pero como se ve en la película, el debate sobre esta decisión sigue. Difícil —y es arrogante también— intentar ponerse en las circunstancias extremas de esos momentos.

Pero digo que toparme con la probable evidencia de la lluvia radioactiva que llegó al norte de México a partir de 1945 me causó una profunda impresión. De 1945 a octubre de 1963 que se ratifica el tratado que prohíbe las pruebas nucleares en la atmósfera, en la superficie terrestre y bajo el mar, hubo 499 explosiones nucleares. “Más de 200 toneladas de residuos radioactivos procedentes de explosiones atómicas habían pasado a la atmósfera…”, dice un documento de 1973.

El estudio que investiga el efecto de la lluvia radioactiva resultado de las pruebas nucleares en Nuevo México y Nevada es apenas de 2023. ¿Qué sabemos nosotros del efecto de esa radiación en los mexicanos y mexicanas que habitaban en los estados fronterizos a Colorado, Nuevo México y Arizona, es decir, Sonora, Chihuahua y Coahuila, en los años en los que proliferaron los mal llamados ensayos nucleares? Pienso en mi querido padre, diagnosticado de cáncer a los 30 años y fallecido tres años después en 1955. ¿Qué lo afectó? ¿El DDT que se usaba ampliamente en la agricultura de Sonora? ¿Fue acaso la contaminación radioactiva resultado de la carrera armamentista de los años 50? No lo sé ni lo sabré. Y su caso sólo tiene importancia para mí. Pero replicar el estudio mencionado, pero ahora para México, con las nuevas herramientas de estadística y modelaje, puede tener un impacto trascendente en la historia de la salud del norte de México y, sobre todo, en la comprensión de que somos una región, Norteamérica, en la que la decisión de uno afecta a los tres países.

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