México postMilei
Nadie sabe cómo resultará el arriesgado experimento por el que votó la mayoría de los argentinos, pero los mexicanos sí sabemos cómo ha resultado el experimento no tan diferente que triunfó en las elecciones de 2018. Experiencias similares en cuanto al contexto de ...
Nadie sabe cómo resultará el arriesgado experimento por el que votó la mayoría de los argentinos, pero los mexicanos sí sabemos cómo ha resultado el experimento no tan diferente que triunfó en las elecciones de 2018. Experiencias similares en cuanto al contexto de la elección y a la reacción del electorado. Hartazgo y repudio a los regímenes anteriores lo llevaron a dar un salto hacia lo desconocido. En México, un movimiento político nuevo cuyo líder, reciclado de partidos políticos del pasado repudiado y reinventado como un nuevo Moisés, pintaba lo desconocido, ora con colores pastel: república amorosa, fraternidad entre todos y todas los y las mexicanas; ora con tonos refulgentes de hazaña histórica y reminiscencias del Cristo castigando con látigo a los comerciantes afuera del templo: combate inmisericorde a la corrupción, tan grande ésta última que el reparto del botín recuperado reduciría dramáticamente la pobreza.
Sí, aquí ya experimentamos un mileiazo. “No me volverá a suceder”, expresa esa parte del electorado traicionado. Los que apostaron porque el Ejército volvería a los cuarteles y son testigos de que no sólo no vuelve a los cuarteles, sino que Ejército y Marina toman playas, selvas, trenes, aviones, aduanas, fronteras, contienen migrantes, desplazan y anulan a formaciones policiales con mando civil, construyen aeropuertos y cometen, inevitablemente, las violaciones a los derechos humanos a las que los lleva una formación alejada de las nuevas funciones que se les asigna.
“No me volverá a suceder”, dicen quienes creyeron en que el compromiso del combate a la corrupción era sincero: durante la campaña, después de los sismos de 2017, su cercano colaborador y actual secretario particular, el sonorense Alejandro Esquer Verdugo, encabezó una operación de carrusel para depositar 44 millones de pesos en partidas de 50 mil pesos que luego fueron a dar a candidatos y operadores electorales de Morena. Después vinieron los sobres amarillos para los hermanos, los negocios de los hijos, el fraude multimillonario de Segalmex y el sobregasto en las obras favoritas del Presidente. Los repetidos atentados del Presidente para nulificar al Instituto Nacional de Transparencia y Acceso a la Información (Inai), el decreto para clasificar las principales obras públicas como de “seguridad nacional” para impedir que se investiguen, prueban la voluntad del Ejecutivo federal para proteger y propiciar la corrupción.
“No me volverá a suceder”, dicen los científicos que atestiguan la destrucción del Conacyt y de la investigación científica y tecnológica. “No me volverá suceder”, dicen los médicos y personal de salud, quizá los que más caro han pagado el engaño. “No me volverá a suceder”, dicen los agricultores y productores del campo. “No me volverá a suceder”, dicen los trabajadores de la cultura. “No me volverá a suceder”, dicen las madres que perdieron las estancias infantiles. “No me volverá a suceder”, dicen los abogados que creyeron en su promesa de guardar y hacer guardar la Constitución y resisten los embates contra el Poder Judicial de la Federación y contra la Corte. Y la lista crece y crece.
El “no me volverá a suceder” entraña síntomas saludables de escepticismo y atenta vigilancia. Hasta antes de la candidatura de Xóchitl Gálvez podía haber llevado al abstencionismo o a la anulación del voto. En cuanto a la candidatura de Samuel García, por lo pronto sólo diré lo siguiente: “la nueva fuerza política”, “la nueva forma de hacer política” fueron los lemas de mi campaña presidencial en 1994. “Lo nuevo” es un lema viejo y es un adjetivo que sirve para cualquier cosa. Vaya usted a saber.
Esa parte del electorado que enarbola el “no me volverá a suceder” y que ha experimentado en lo más íntimo la traición a su confianza, casi una experiencia de estrés postraumático, sigue atentamente las campañas de las dos próximas candidatas presidenciales. Sheinbaum promete más de lo mismo. Más militarización. Más destrucción institucional, pues ha sido explícita en buscar la cooptación total de la Corte y ha mostrado repetidamente su desdén hacia la Constitución al aceptar integrar a Arturo Zaldívar a su equipo, antes de que éste presentara su renuncia. Más de lo mismo.
A diferencia, Xóchitl Gálvez ofrece una hoja de vida repleta de respeto a la palabra empeñada y de promesas cumplidas. Basta un ejemplo: si falló en su promesa de completar los tres años como alcalde de Miguel Hidalgo al aceptar la candidatura al Senado, entregó su casa a una obra de beneficencia, como lo había prometido. No una de sus casas: la única que tenía. Su vida como funcionaria y como legisladora ha sido transparente y su obra, auditable. Una futura candidata que procura la reconciliación entre las y los mexicanos, que habla con la verdad, que se ha forjado sola, que ha crecido profesional y políticamente sin necesidad de estar a la sombra de nadie, una mujer que jamás te dirá: o estás conmigo o estás contra mí. Una futura candidata que quiere que recuperes la confianza en la potencia de tu voto. Xóchitl va.
