El huipil de mando

Antes de la revolución feminista que se profundiza y potencia con la IV Conferencia sobre las Mujeres, celebrada en Pekín, en 1995, las mujeres llegaban al poder por dos vías: o mediante el traslado simbólico de la autoridad patriarcal o, raramente, por méritos ...

Antes de la revolución feminista que se profundiza y potencia con la IV Conferencia sobre las Mujeres, celebrada en Pekín, en 1995, las mujeres llegaban al poder por dos vías: o mediante el traslado simbólico de la autoridad patriarcal o, raramente, por méritos propios. En el primer caso, generalmente se trataba de la viuda, la hija única del líder o la discípula favorita. Éste, al desaparecer de la escena política por vejez o muerte natural o violenta, imbuía a la heredera con su autoridad y carisma. Algunas de ellas con inmenso talento, como Indira Gandhi, de la India, heredera del padre de la Independencia, Jawaharlal Nehru, o Benazir Bhutto, hija del primer primer ministro electo democráticamente en Pakistán, Zulfíkar Ali Bhutto. Otras lanzadas a la vorágine sin más instrumentos que la lealtad a las causas que el marido muerto encabezó o un recién descubierto apetito por el poder: Isabel Perón, de Argentina; Corazón Aquino, de Filipinas; Violeta Chamorro, de Nicaragua; Park Geun-hye, de Corea del Sur, hija de quien fuera presidente por 18 años, Park Chung-hee.

En el segundo caso, destacan los casos de Golda Meir, de Israel; Margaret Thatcher, del Reino Unido, o Mary Robinson, en Irlanda. O de Michelle Bachelet, en Chile.

Más recientemente se ha multiplicado, afortunadamente, la segunda tendencia o una mezcla de las dos. Ejemplo de esto último son los casos de Dilma Rousseff, de Brasil, mujer talentosa y de carácter, pero que no hubiera llegado al poder sin la protección del presidente Lula, o Cristina Fernández, con la ayuda de la popularidad de su esposo, Néstor Kirchner.

La candidatura de Claudia Sheinbaum es un caso típico de la primera tendencia. Su llegada a la competencia es gracias al respaldo y protección de su mentor de larga data, Andrés Manuel López Obrador, hoy Presidente de la República. Él la salvó de los dos principales escollos en su carrera, el colapso de la escuela Rébsamen, en la que murieron 19 niños y niñas y 7 maestras, cuando ella era alcaldesa de Tlalpan y bajo su responsabilidad se dio el permiso ilegal para construir fuera de norma. El segundo fue el colapso de la Línea 12, ocurrido bajo su mandato como jefa de Gobierno con el saldo de 27 personas fallecidas y más de cien heridos. En los días después del desastre, el Presidente actuó más o menos así: “Esto no es cosa de mujeres, lo arreglo yo”. Y así fue. Y, ahora, él la hizo ganar la encuesta interna de Morena.

El otorgamiento por parte del Presidente del bastón de mando es la prueba más clara de a cuál pelotón pertenece Sheinbaum: al de las discípulas. El bastón, un símbolo fálico que el Presidente recibió de otro hombre y que él traspasa verticalmente a su elegida, por cierto, sin la autorización de la comunidad originaria. “Yo te doy el poder de poder”. En enero de 1994, doce días después del levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), decenas de miles marchamos del Ángel de la Independencia al Zócalo, exigiendo que cesaran los bombardeos del Ejército a las posiciones del EZLN y por una solución pacífica al conflicto y, sobre todo, a las demandas justas de los zapatistas. La marcha estaba encabezada por varios de los candidatos presidenciales de la oposición, yo entre ellos.

Yo había iniciado mi campaña el 7 de diciembre anterior, precisamente en Chiapas, para subrayar el compromiso del partido que me postulaba, el Partido del Trabajo (PT) y el mío, con los más pobres. Pero no me imaginaba la magnitud de la opresión, discriminación, explotación y violencia contra las comunidades indígenas que reveló el levantamiento.

Para la marcha vestí una hermosa blusa tsotsil tejida en telar de cintura en alguna de las comunidades de la montaña. La guardé celosamente durante 29 años pensando que algo tenía de histórica. No porque yo la hubiera usado, sino por haber sido portada en la protesta de la ciudadanía contra el uso del Ejército contra los más humildes y a favor de la paz.

Ayer, antes de salir para el II Congreso del Frente Cívico Nacional, me despedí de la querida prenda crema con bordados rojos que por tantos años me recordó a sus humildes creadoras. Me recordaba también las jornadas de resistencia de esas mujeres al machismo externo y al de sus propias comunidades; su cultura de trabajo y paz. Es hora de que tenga una nueva dueña, me dije. Se la daré a una mujer que la sepa apreciar, que sea representante de la segunda vía de acceso al poder por parte de las mujeres: autónoma, confiada en sus propios talentos, responsable ella misma de errores y éxitos, sin que le deba nada a ningún Pigmalion. Una mujer que desde el Senado ha combatido la militarización —como lo hizo aquella marcha del ‘94 que tantos pretenden olvidar—. Una mujer que, en cuanto la reciba, sabrá si es de San Andrés Larráinzar o de la comunidad de Magdalena, municipio de Aldama, o de alguna otra. Una mujer que no quiere el poder que le otorgue un hombre poderoso, sino la confianza que le den millones de hombres y mujeres libres: Xóchitl Gálvez. ¡Cuídala, Xóchitl!

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