De pueblo a pueblitito
Guarde los trapos negros de luto por la democracia mexicana. Guarde también las ganas de refugiarse en un ejercicio para encontrar culpables: que si la oposición es inexistente, que si la oposición esto o lo otro. Y, sobre todo, guarde los “ya no hay nada que hacer”, ...
Guarde los trapos negros de luto por la democracia mexicana. Guarde también las ganas de refugiarse en un ejercicio para encontrar culpables: que si la oposición es inexistente, que si la oposición esto o lo otro. Y, sobre todo, guarde los “ya no hay nada que hacer”, “México es ya una dictadura”, esos lamentos sirven de muy poco. Olvídese, por favor, de la fantasía suicida de que el presidente Trump representa de alguna manera una opción para frenar la destrucción de lo que quede de la democracia mexicana. Un presidente que separa a las madres de sus hijos, trata con crueldad calculada a nuestros paisanos, a quienes describe como asesinos, y recibe con fanfarrias a los herederos del régimen del Apartheid de Sudáfrica, difícilmente puede ser nuestro aliado.
Tenemos mucho por hacer y poco tiempo para lograrlo. A diferencia de la visión derrotista de la sociedad mexicana, una mirada más serena encontrará muchas señales de una energía presta a despertar y a manifestarse. Piense en la cifra que resultó de los ejercicios realizados por el Frente Cívico Nacional y aliados para calcular cuál fue la dimensión de la participación ciudadana en las elecciones de ayer: aproximadamente 9 de cada 10 electores se negaron a participar. Sólo uno de cada diez electores fue a las urnas. Del pequeño universo de quienes sí fueron a votar, 46%, según el ejercicio de GEA, lo hizo por deber cívico más que por simpatía por la reforma. Un 27% lo hizo por apoyar al gobierno actual o por apoyo a la reforma. Igualmente, 35% admitió que recibió acordeones para inducir su voto hacia determinados candidatos o candidatas. Llamarla autocracia, así con la raíz latina auto, que quiere decir uno mismo, seguramente es un exceso. Llamémosle acordeonocracia.
Sucedió lo de la película infantil Querida, encogí a los niños, sólo que en esta ocasión encogieron al pueblo. De pueblo a pueblitito. De una potente masa de más 100 millones de electores potenciales a un raquítico 10 o 12 por ciento. De los 36 millones de electores que votaron por Claudia, se esfumaron unos 24 millones. ¿En dónde está la popularidad de cerca del 80% de la presidenta con A? ¿En dónde quedó el supuesto mandato de la elección pasada que clamaba por la destrucción de la Corte y la elección de todos los ministros, magistrados y jueces?
¿El pueblo manda? ¿Cuál es más pueblo: el 10 o 12% que salió a votar o el 90% que se quedó en casa? ¿Es válida una elección con consecuencias tan profundas para el día a día de las y los mexicanos en la que participa una minoría tan pequeña que no refleja el mural colorido de la nación?
Igual síntoma de esa energía de la sociedad es la amplia participación para observar la elección, los miles de ciudadanos que se apuntaron para pasar el domingo cazando y documentando conductas indebidas. Los jóvenes han adquirido un vocabulario que nosotros habíamos creído que podíamos olvidar: mapaches, robaúrnas, acarreo, carrusel, etcétera. De la misma manera, el silencio del electorado es un grito estentóreo de rechazo a cambios profundos en nuestras vidas puestos impuestos por una minoría sin la más mínima intención de consultar al resto del país.
No podemos desperdiciar esa energía. La meta debe estar fija en las elecciones federales de 2027. Hay que recuperar la pluralidad en el Congreso: quitarle a Morena la mayoría calificada; ya sabemos que es una mayoría ilegítima, robada a la voluntad popular, a través de la construcción de una supermayoría que el electorado no le dio; se lo dieron siete consejeros del INE y tres magistrados del Tribunal Electoral.
Para recuperar la pluralidad que realmente refleja al pueblo de México, no al pueblitito de Morena, se requiere fortalecer la vida política de nuestro país y, sí, principalmente a través de los partidos políticos. No hay otra vía. No puedo hablar por los partidos existentes, pero quisiera hablar por esos 40 millones que no acudieron a votar en 2024, ya sea porque no acostumbran votar o porque la oferta política no les convenció. También pienso en aquellos que se declaran apolíticos o que identifican la política con una actividad corruptora. La destrucción del Poder Judicial es una demostración triste de cómo si tú no te metes en la política, ésta sí se mete contigo y con tu vida.
Por ello, estoy convencida de que se requiere una nueva fuerza política que demuestre el convencimiento de tener una intensa vida democrática interna y una oferta plural y progresista para ese electorado escéptico. De eso se trata el esfuerzo para conseguir el registro para Somos México. En vez de encoger a la ciudadanía: ampliémosla, expandámosla, démosle un impulso vigoroso.
