Al pasar revista por vez primera a las tropas del Ejército Continental en su calidad de comandante en jefe, George Washington notó la presencia de numerosos soldados negros. “Ellos no”, dijo, y ordenó que los dieran de baja. En noviembre de 1775, él y sus oficiales habían votado prohibir que soldados negros, tanto libres como liberados, se alistaran en el ejército. Los animaban no sólo prejuicios raciales, sino el temor de dar armas a quienes sabían oprimidos. Pocos meses después tuvo que dar marcha atrás para evitar que se unieran a las tropas británicas, pues el gobernador realista de Virginia, Dunmore, había prometido la libertad a los esclavos que se unieran a la causa antiindependentista. Washington llegó a tener en su plantación de Monte Vernon hasta 300 esclavos —unos propios y otros “heredados” por su esposa—. El héroe militar que se retiró humildemente a sembrar después de haber ganado la Guerra de Independencia y que se negó a quedarse en la Presidencia después de haber terminado un segundo periodo, nunca llegó a ser un abolicionista, pero en su correspondencia hacia el final de su presidencia (1797) expresó disenso respecto al esclavismo. El gran cambio fue en su testamento, en el que dio la libertad a sus esclavos. La gente puede cambiar, la gente cambia.
A diferencia de Washington, que nació y creció teniendo esclavos, Abraham Lincoln siempre fue antiesclavista. Nació y creció en un ambiente de pobreza, precariedad y trabajo rudo. Antiesclavista, sí, pero no abolicionista. Llegó a expresar que negros y blancos no podían convivir pacíficamente e incluso, siendo presidente, entró en negociaciones con las organizaciones que proponían crear en el sur de la costa atlántica un estado exclusivo para negros. Su posición respecto al esclavismo era mucho menos radical que la que sostenían, un siglo antes, algunos integrantes de la Convención Constituyente de 1787, como Benjamin Franklin, el gobernador Morris de Pensilvania y Alexander Hamilton, entre otros. La oposición feroz de los estados sureños a modificar la condición legal de sus esclavos y la permanente amenaza de secesión le hicieron adoptar posiciones pragmáticas. En su discurso de toma de posesión inaugural, en 1861, dijo: “No tengo el propósito, directa o indirectamente, de interferir con la institución de la esclavitud en los estados donde existe. Creo que no tengo derecho legal para hacerlo y no tengo inclinación legal a hacerlo”. Sus posiciones pragmáticas y oscilantes eran el dolor de cabeza de la prensa y la intelectualidad abolicionistas. Y fue precisamente el editor de The North Star y el Douglass Monthly, Frederick Douglass, quien se dio a la tarea de educar al gran Abe, hasta convencerlo y acompañarlo en el duro camino hacia la proclama por la Emancipación en 1865. La gente puede cambiar.
La gente puede cambiar para bien o para mal. Uno de los ejemplos masivos de transformación de creencias es con respecto al socialismo, en especial durante el estalinismo, la caída de la Unión Soviética en 1989 o los experimentos ultramaoístas en China y en Cambodia. George Orwell, admirador del socialismo, escribe Rebelión en la granja y 1984 para denunciar los horrores del totalitarismo en la antigua URSS y él mismo evoluciona hacia lo que él llama el socialismo democrático. Pero cientos de miles, millones, no tienen acceso a la verdad o no pueden creer que lo que ven y atestiguan sea verdad. Y racionalizan los horrores: es el precio que hay que pagar para llevar adelante el gran proyecto de la revolución. Por ejemplo, justifican al régimen cubano a pesar de que no hay duda de que es una dictadura.
En nuestro país, la militancia política se nutre hoy de miles de ciudadanos y ciudadanas que durante la larga época del partido único se fueron a la guerrilla, se unieron al Partido Comunista y a los sucesivos partidos de izquierda o eran descreídos de la democracia porque la experiencia de vida nada tenía que ver con ésta. Yo misma no creía en el poder del voto. Y menos en las elecciones. Me hice demócrata junto con cientos de miles más cuando se abrieron los cauces a la participación libre y ciudadana y cuando se fueron construyendo instituciones que garantizaron limpieza y transparencia en las elecciones. Si se cierran esas vías, insistiendo en el control gubernamental del INE y del TEPJF, de manera disfrazada o abierta, cada vez más ciudadanos abandonarán las urnas. La gente cambia para bien o para mal.
La polarización endurece y olvida que la gente cambia y que quienes creyeron en soluciones poco democráticas en su juventud, hoy abrazan la causa de la democracia y de la libertad con más pasión y convencimiento que quienes nunca pasaron por esa experiencia. Para el reto de las elecciones de 2027 hay que aplicar las lecciones de la parábola del hijo pródigo: abrazar y recibir a todos los recién llegados a esta orilla. Sin recordarles el pasado, el error antiguo o reciente y prescindiendo de los adjetivos. En el gran reto por construir democracia los necesitamos a todos y a todas.
